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Nuestro caso, estando en Venecia un primero de enero, fue más bien una cuestión de querer aprovechar la cercanía que tiene la ciudad italiana con otros países tan distintos. Fue así como sacamos los pasajes de Flixbus (empresa que merecerá una nota aparte) y terminamos por un camino hacia el este hasta la capital de Eslovenia, Liubliana. Un viaje casi casual, diría, y solo con las expectativas de conocer otro lugar en nuestro recorrido por el viejo continente.
Llegamos casi sobre el mediodía, después de un camino de ruta de unas tres horas desde la estación Santa Lucía, pasando por la bella Trieste antes de cruzar la frontera entre Italia y Eslovenia. Llegamos a la estación y orientarnos no fue demasiado difícil: Liubliana es una ciudad que, si bien tiene bastante para ver, tiene un centro concentrado que permite estar en muchos lugares en poco tiempo. De cualquier forma, fuimos hasta la oficina de turismo para conseguir un mapa de la ciudad y ubicarnos un poco mejor antes de arrancar el day-tour. Aunque el idioma es incomprensible, con inglés básico es muy fácil manejarse y hacerse entender.
Nuestra primera parada, ya pasado el mediodía, fue Klobasarna. Había leído muy buenas críticas sobre este pequeño restaurante de comida típica eslovena. Y no decepcionó. Nuestro almuerzo, una especie de chorizo con salsas y un pan muy rico, acompañado de una Unión -una de las marcas de cerveza más conocidas del país-, fue uno de los más interesantes que tuvimos en Europa. El local es súper chico y no hay gran variedad, pero lo poco que tienen es exquisito y a buen precio para un almuerzo gasolero (no gastamos más de ocho euros por persona). Aprovechamos la wi-fi pública para mandar un par de mensajes de “estamos en un país donde no entendemos ni jota pero es hermoso y estamos bien” y seguimos por una calle con nombre impronunciable disfrutando de la belleza de Liubliana.
Aunque hay buses turísticos que te llevan a los distintos puntos de interés, decidimos hacer el camino por nuestra cuenta y subir la colina que lleva al Castillo de Liubliana (Ljubljanski grad en su idioma original). Y aunque hacía frío y faltaba un poco el aire, las vistas valen la pena. Es una ciudad increíblemente pintoresca desde donde se la mire, por lo que la vista desde arriba no decepcionó. Por cuestiones de tiempo no ingresamos al castillo, pero la entrada al mismo está 10 euros (7 para estudiantes y niños), e incluye el pasaje de regreso para descender en funicular. Teniendo en cuenta los precios de las atracciones europeas, en un buen precio para conocer uno de los íconos de la ciudad. Si no tienen ganas de subir, verlo desde abajo es otro gran espectáculo: las luces que lo iluminan por la noche componen la fotografía perfecta de la ciudad.
Tuvimos la suerte de movernos en épocas de fiestas, y la ciudad tiene todo el espíritu navideño que veníamos necesitando. Cuando nos sentamos a tomar un café para entrar en calor, pudimos disfrutar del paseo de compras navideño, de las luces y los colores que decoran cada rincón de la ciudad eslovena. Una imagen para el recuerdo es la Iglesia Franciscana de la Anunciación, uno de los edificios más lindos de la ciudad, lleno y rodeado de luces y detalles que parecen sacados de una película.
En un día se puede conocer lo elemental y recorrer el pequeño centro de la ciudad, pero definitivamente nos hubiésemos quedado más tiempo. Saliendo un poco del centro también se pueden ver paisajes increíbles, calles interesantes y rincones que hubiésemos querido explorar con más detalle.
Una pequeña ciudad, casi perdida entre las grandes capitales de Europa. La mejor sorpresa.
]]>Y es verdad.
No es solamente una expresión de deseo, el perderse, porque la isla de Venecia resulta un laberinto para cualquiera que no haya estado el tiempo suficiente como para conocerla de memoria. Sus calles oscuras, pequeñas y húmedas, con esos recortes abruptos que terminan en el agua, con esos pasadizos secretos que parecen sacados del set de una película de suspenso, con todas sus casitas amontonándose en mareas de colores cálidos y gastados… Venecia es así, un poco caprichosa, un poco mágica, pero definitivamente un lugar en el que todos deberíamos perdernos alguna vez.
Desde el aeropuerto nos tomamos un micro, y desde la estación de micros un barco (algo así como un bote-bondi, como decidimos llamarlo, con un boleto único o un abono por día mucho más conveniente), y llegamos al icónico Ponte di Rialto, con el reloj ya dando las 00 horas del 31 de diciembre. Sacamos una tarjeta para jóvenes llamada Venezia Unica, que resultó una gran idea cuando nos enteramos que el transporte público estaba 7,50 euros. Lido, Murano, Burano. A todo se llega con estas lanchas que recorren los canales de Venecia como un colectivo acuático, dándonos vistas y paisajes increíbles por un precio bastante más módico que el de las famosas góndolas venecianas (algo que ronda los 50 a 80 euros, dependiendo también de la cantidad de gente entre la que se reparta el gasto).
La visita obligada al icónico puente es solo una de las tantas que tiene Venecia. De verdad, piérdanse. Solo de esa manera pueden descubrir el encanto de las calles ensortijadas de esta isla, con su belleza tan única en el mundo. Más allá de lo inevitable, déjense llevar. Es uno de los lugares más adecuados para hacerlo.
Año nuevo fue una experiencia aparte. Esa tradición tan linda que tienen en otros países de festejar en la calle, de celebrar todos juntos con una cortina de fuegos artificiales, mulled wine (vino caliente con especias) para batallar el frío, comida en la plaza y ajetreo hasta altas horas de la madrugada. El show impecable de fuegos artificiales en Piazza San Marco, entre un ambiente más bien concurrido pero lejos del caos que vi o viví en otras ciudades. Es un espacio relajado, donde la comida es un elemento también fundamental y donde el tumulto de gente no se materializa hasta ya bien entrada la noche. Es de esas veladas en el año en el que la calma de la falta de residentes de Venecia pasa desapercibida entre las luces y la gente, la música y la fiesta.
Aunque muchos conocidos me habían dicho que se recorría en muy poco tiempo, creo que Venecia es un buen lugar para dejarse llevar y olvidarse por un tiempo de los mapas y los horarios. Esas caminatas nos llevaron a lugares encantadores, como una escalera hecha de libros (en la Librería Acqua Alta) o un particular hospital a las orillas de los famosos canales. ¿La parada obligatoria? Las pastas frescas de Dal Moro’s para llevar, de las mejores que comimos en Italia.
Venecia es un lugar para perderse, una ciudad única por su belleza, su historia, sus costumbres y rincones. Es uno de esos lugares que vale la pena visitar una vez en la vida, aunque sea solamente para pasear en góndola y tener una trasevía diferente en una de las ciudades más románticas y pintorescas del mundo.
Te dejo una guía de la ciudad para que puedas tener a mano qué ver, qué comer y donde alojarte en Venecia.
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