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Aunque puede visitarse en auto, nosotros elegimos hacerlo directamente en tren por una cuestión de comodidad. El viaje no es muy largo y el billete es bastante económico (2,20 euros por tramo, por pasajero). Lo pueden comprar directamente en las estaciones de Oriente o Rossio, que son desde las cuales salen los trenes a Sintra. Intenten hacerlo un día en el que el tiempo acompañe. Si el clima es bueno, van a tener vistas increíbles que se pierden si hay niebla, llueve o está muy nublado. Nosotros esperamos a que nos tocara un día soleado para aprovechar al máximo la excursión. La frecuencia de los trenes es muy buena, por lo que no creo que necesiten ir a la estación con mucha anticipación. Nosotros, si bien era temporada baja, viajamos en un tren que estaba lejos de estar lleno.
El viaje es bastante breve. En 50 minutos aproximadamente se van a encontrar en la estación de Sintra. A pocos pasos de ahí está el centro histórico, con algunos hoteles, lugares para comer y tomar algo y unas callecitas muy pintorescas que vale la pena recorrer. Como comentaba, nosotros viajamos en temporada baja; encontramos todo muy tranquilo, pero tengan en cuenta que en temporada alta puede haber mucha gente, por lo que recomiendo viajar temprano. Nosotros a las diez estábamos en Sintra. Después del mediodía, vimos como empezaba a aparecer gente.
La subida a los castillos puede hacerse de diversas maneras. Todo depende del presupuesto, el estado físico y las ganas que tengan de caminar. El camino de trekking es hermoso, pero realmente agotador. Si tienen pensado hacerlo, vayan con calzado cómodo y predispuestos, porque es una subida que cuesta (pero, en mi opinión, que vale mucho la pena). Si no quieren o no pueden hacer esfuerzo, hay micros que realizar este recorrido y que pueden sacar directamente estando ahí. También están los tuk tuk con conductor, que al parecer se volvieron muy populares en Portugal, que pueden llevarlos hasta arriba y bajarlos cuando quieran (aunque las tarifas pueden rondar los 30 euros por persona, les van explicando un poco la historia del lugar). Además hay vehículos pequeños para rentar y manejar ustedes.
Si eligen utilizar el micro, la linea 435 ofrece un buen servicio que se llama el Circuito Da Pena. Por cinco euros, pueden hacer el recorrido completo que va desde la estación de trenes hasta el Palacio de Monserrate. Es una buena alternativa si no quieren andar tanto y relativamente económica en comparación con tours y cosas similares.
En el Centro, además de disfrutar de los locales y las calles de esta ciudad preciosa, pueden visitar el Palacio Nacional, una de las primeras paradas en nuestro recorrido. Con una mezcla de arquitecturas increíble, es uno de los exponentes de la ciudad y sin dudas uno de los imperdibles. En esta zona van a encontrar muchísimos hoteles, lugares para comer, museos y otras atracciones turísticas como lo son el Palácio Valenças y la Fuente Mourisca. También van a encontrar el Jardín Botánico de la ciudad e increíbles zonas verdes apenas a unos pocos metros de la estación.
El camino de trekking no está super bien señalizado para encontrarlo, pero si van caminando por el pueblo se van a topar con una especie de jardín con un camino serpenteante que los lleva para arriba. Es ahí. Es largo y es cansador, pero seguro lo van a disfrutar. Pueden ir parando, incluso hay baños a mitad del camino y una máquina de café. Las vistas que ofrece de la ciudad, de los alrededores y de los castillos son fascinantes. Ojo igualmente porque en verano puede ser muy pesado. Nosotros lo hicimos con 14, 15 grados y terminamos en remera.
La primera parada del camino de trekking es el Castillos dos Mouros. Si quieren ingresar, la entrada cuesta 8 euros y puede visitarse todos los días. Ojo que el horario de verano es de 11 a 20 horas, pero en invierno se encuentra abierto sólo hasta las 18, y las admisiones son hasta una hora antes del cierre. Nosotros decidimos no entrar por una cuestión de tiempos, pero las vistas que ofrece también son maravillosas.
Luego, si siguen caminando hacia arriba, se van a encontrar con el Parque Da Pena, un increíble espacio verde donde se encuentra el castillo y otras atracciones. El ingreso al parque es de 7,50 euros, pero deben abonar 14 si quieren que incluya la entrada al castillo. A nosotros no nos pareció necesario, ya que las vistas desde afuera del castillo nos habían parecido suficientes para conocer esta zona maravillosa.
Hay mucho para ver en el parque, por lo que no es una excursión de medio día. Un día está bastante bien, aunque creo que debe ser un lugar encantador para pasar la noche y mucha gente elige hacerlo. Hay bastantes hoteles por la zona y también pueden aprovechar para ir cuando recién abre y todavía hay poca gente. Se consiguen algunos hostels a partir de 55 euros la noche (en base doble) y departamentos a partir de 80. Si deciden pasar la noche, hay algunas atracciones como el Palacio Da Regaleira o el Palacio de Seteais, con sus imponentes jardines, o el Convento de los Capuchinos, que está un poco más alejado pero que realmente es otro de los tesoros de la zona.
El Palacio Da Pena es, sin dudas, uno de los castillos más increíbles que vi. No sé si es su construcción, sus colores o las vistas que regala, pero realmente es algo maravilloso. Este lugar, que fue una de las principales residencias de la familia real portuguesa, tiene vistas de todos los alrededores y en diferentes direcciones. Tengan en cuenta que es acá donde se concentra la mayor cantidad de gente, por lo que es importante que se armen de paciencia. Si quieren sacar fotos, respiren profundo, porque es bastante complicado. El lugar además cuenta con una pequeña cafetería con patio donde pueden comprar algo para comer (tipo autoservice, a muy buen precio para ser un punto mega turístico) y disfrutar de las vistas fascinantes que tiene este lugar. Si pueden, tómense su tiempo en este lugar; vale la pena no sólo el castillo sino el parque en general, es precioso.
Nosotros regresamos alrededor de las 18 horas, porque estabamos super cansados después de la mega caminata, pero la verdad es una ciudad a la que podríamos haberle dedicado más tiempo. Sin dudas es una joya que merece una visita si pasan por Lisboa.
]]>Strawberry Tours tiene opciones en muchas ciudades, tanto de Europa como América Latina, así como el resto del mundo. Es una empresa en crecimiento, que siempre está buscando guías para agregar a sus filas de apasionados por su ciudad. Cuando fuimos a Chile el año pasado, consideramos hacer un free walking tour, pero estábamos algo cortos de tiempo. Se me ocurrió entrar a ver qué ofrecían en Buenos Aires, y resultó ser que contaban con un recorrido que tenía ganas de hacer hacía tiempo: darme una vuelta por el colorido y encantador barrio de La Boca, que hacía años que no visitaba. La realidad es que, en el último tiempo, es una zona donde escuchamos siempre malas noticias para los turistas. Como en algunos barrios de Buenos Aires, hay ciertos lugares en los que hay que andar con cierto recaudo. Sabíamos eso. Por lo que este tour parecía una buena excusa para volver a este lugar y verlo desde otro punto de vista, escuchando la historia de cada parte, con alguien que sabía bien donde se metía.
Los tours de La Boca de Strawberry Tours son por lo general los miércoles y viernes a las 15 horas (los horarios están en su sitio web, junto con otros recorridos por la ciudad). Aprovechando el fin de semana largo y que no nos íbamos a ningún lado, decidimos hacer el del viernes. Llegamos 10 minutos antes, identificándolos con los paraguas rojos. Nos informaron que salía tanto el tour en inglés así como en español. Pueden elegir cualquiera de los dos. Nuestro guía, Antonio, nos pidió que anotáramos nuestros nombres y mails en una planilla. Después les van a mandar un correo de agradecimiento, además de una foto grupal que nos tomaron durante el tour.
El recorrido dura una hora y media pero es muy ameno, incluso con el día de calor que nos tocó a nosotros. Arranca con un poco de historia sobre la inmigración y la historia del barrio de La Boca, caminando por sus calles. La realidad es que, de acuerdo al sitio de Strawberry Tours, cada guía tiene libertad para armar su recorrido, por lo que puede que no sean siempre iguales. Recorrimos un conventillo (que hoy en día funciona como museo), caminamos por las calles y por la famosa Caminito, nos metimos entre las casas y llegamos hasta la cancha de boca, La Bombonera. Realmente nos pareció un gran tour para extranjeros que buscan conocer nuestra bella ciudad, pero también para locales, para entender un poco más sobre la historia y fisionomía de uno de los barrios porteños más famosos.
Los Free Walking Tours, acá y en todo el mundo, funcionan con una modalidad de pagar lo que vale. Cada uno pone su precio, dependiendo de cuánto les haya gustado el recorrido, el trabajo del guía o de su poder adquisitivo. Realmente es una linda opción para los que buscan conocer la ciudad por un precio adecuado a cada uno. Además, el 10% de lo que recaudan en los tours es donado para caridad, lo que hace que la experiencia sea un poquito más linda.
Realmente, si están de viaje por algún lado o simplemente tienen ganas de hacer un paseo diferente, recomiendo tomar uno de los tours que ofrece Strawberry Tours, y sumergirse en una nueva cultura, o aprender un poquito más de la propia mientras disfrutamos de la ciudad.
Su sitio es https://strawberrytours.com, donde pueden averiguar en qué ciudades operan, cuáles son los recorridos y los horarios disponibles para hacerlos. Incluso, si piensan que esto es lo suyo, también pueden sumarse a su equipo.
Sin embargo, los sueños están para cumplirse. Y después de hablar un poco, coincidimos con mi novio que los dos queríamos ver una aurora boreal. No sabíamos bien dónde, no sabíamos bien cómo, pero empezamos las averiguaciones pertinentes para hacerlo. Islandia siempre había sido un destino al que había mirado con cariño, como ya comenté antes, pero evaluamos también otras opciones: Tromso, Kiruna, Rovaniemi… La lista es larga. Ninguna terminaba de convencernos, ya fuera por precio, distancias, transporte… Estuvimos mucho tiempo analizando las posibilidades, y por un momento todo quedó en la nada.
Entonces apareció Islandia, con sus vuelos de Icelandair a un precio que nos parecía bastante bueno, encontramos un hostel dentro del presupuesto, y las fechas nos cerraban entre la Navidad en Praga y el último destino, Estocolmo. Teníamos tantas ganas de cumplir ese sueño.
Ya fue, lo hacemos.
No les puedo explicar la ansiedad después de emitir los pasajes. Mirar el pronóstico de auroras semanas antes, incluso sabiendo que los resultados aparecen sólo para las próximas 72 horas. Mirarlo tres días antes, aunque había leído que el hecho que haya actividad no implica que puedan verse. De verdad, no saben la ansiedad que manejaba en los destinos previos. Era como estar a un pasito de cumplir un sueño viajero enorme, sin saber muy bien qué podía pasar y dependiendo, única y enteramente, de las condiciones climáticas.
El mismo 27 de diciembre que llegamos, decidimos programar la excursión que nos iba a llevar lejos de Reykjavik, si el clima acompañaba, para poder apreciar este fenómeno. Como algunos quizás saben, hay una serie de condiciones que tienen que cumplirse para poder ver una aurora boreal. Islandia es uno de los destinos más elegidos para verlas, ya que se dice que pueden verse auroras unos 280 días al año. La actividad geomagnética (Kp) indica cuando es más probable que las auroras aparezcan (cuanto más alto, más probable es), aunque esto no es suficiente. También es importante contar con cielos despejados y oscuridad, para poder apreciarlas mejor. La luna, cuanto más pequeña, también beneficia a la visualización. Todas estas cosas nos las fueron contando en el camino a nuestro destino, una excursión para ver las auroras que arrancó a eso de las 22 horas. Hay algunos hoteles que incluso cuentan con servicio de despertador para verlas sin tener que andar despierto a altas horas de la noche. Una locura.
Si son ansiosos como yo y les copan estas cosas, la página del Servicio Meteorológico de Islandia es algo que no les puede faltar en el viaje. Es entretenida para ver y estar al tanto de la actividad. Igualmente, tengan en cuenta que el que diga low no quiere decir que no se vayan a ver, como tampoco implica que un indice alto sea sinónimo de ver las auroras sí o sí. Como comentaba, depende de muchas cosas, así que no tienen más que chequear el pronóstico y cruzar los dedos, prender velas o repetir cualquier rezo que les de resultado.
Lo más importante es encontrar un lugar bien oscuro para poder ver bien la actividad en el cielo, por lo que es prácticamente un requisito alejarse de Reykjavik para poder apreciarlas. Contratamos la excursión por Reykjavik Excursions. El bus nos pasó a buscar por la parada del bus número 10 (casi en la puerta de nuestro hostel) y arrancamos pronto un trayecto hacia el sur del país. Yo estaba, más o menos, saltando en mi asiento, olvidándome de la cámara, de ponerme los guantes, de calzarme el gorrito de lana…
Y cuando nos empezamos a alejar de la capital, por esas rutas blancas de extensión infinita, nuestra guía nos avisó que a nuestra izquierda empezaban a verse las primeras luces del norte.
Casi se me pianta un lagrimón.
Lamentablemente, como en todas excursiones compartidas, a mucha gente se le ocurre prender los teléfonos para sacar fotos, o incluso mandar whatsapps (sí, mientras afuera había una aurora boreal un tipo se puso a mandar un mensaje de whatsapp, es un ejemplo real). ¿Un consejo? Dejen un rato las cámaras, los teléfonos, todo. Olvídense. Disfruten. Estas cosas y estas suertes se dan pocas veces en la vida y a veces, por tener la foto, dejamos en segundo plano los espectáculos mágicos que estamos presenciando. Son cosas únicas, y el recuerdo más lindo que nos queda es mirar el cielo y decir mirá lo que es eso, estoy acá, estoy viviendo esto de verdad. Ya habrá tiempo para las fotos.
Llegamos al sur de Islandia y las luces seguían brillando en el cielo. Incluso con una luna llena, pudimos ver las luces del norte gracias a un cielo despejado y una Kp relativamente alto. No dábamos más de la felicidad. De verdad. Es algo tan raro, tan único, que me cuesta explicarles la sensación de tenerlo ahí. Y habernos sacado toda esa ansiedad la primera noche fue lo mejor que nos pudo pasar. Ya estábamos ahí y se estaba cumpliendo un sueño enrome.
En el bus nos dieron algunos tips para poder sacar algunas fotos, e incluso prestan los trípodes para poder tomar las propias (si no tienen trípode o algún lugar para apoyar la cámara, lo más probable es que no salgan muy bien). Con una exposición larga o la app correcta (recomiendo Northern Lights, una cámara para iOS que nos recomendó nuestra guía), pueden llegar a capturar el momento bastante bien. De nuestro tour aprendimos un pequeño truco para poder sacarse una foto ustedes con las auroras: una linterna. Simplemente, con la larga exposición, tienen que alumbrar rápido una vez a las personas y después dejar que la cámara haga lo suyo. Nos tomaron la foto que comparto, donde yo soy más o menos un fantasma. Si se quedan bien quietitos durante lo que dura la toma, lo más probable es que les salga mejor que la mía. Si les interesa mucho llevarse la foto, recomiendo que googleen los tips para sacarlas de acuerdo a la cámara que tienen. Hay muchísimos instructivos que, si tienen la paciencia de leerlos, pueden ser útiles. Y si no tienen trípode, busquen alguna piedra para apoyar bien la cámara y van a estar bien. La mayoría de las fotos que tomé fueron de ese modo.
No puedo dejar muchas fotos ya que la verdad es que no me preocupé mucho por ellas. No quise hacer cola para usar el trípode, ni tampoco pude hacer muchos malabares para sacar una fotografía. Las que les dejo son las que pude sacar antes que se me congelaran los dedos de las manos (estábamos por debajo de los 10 grados bajo cero, a la medianoche y en un lugar abierto, así que se pueden imaginar el frío). Después guardé la cámara y me dediqué a disfrutar de un espectáculo que, sin dudas, espero volver a presenciar alguna otra vez. La próxima quizás me tome más tiempo para sacar fotos más decentes. En este la verdad que estaba tan ensimismada y entusiasmada que casi me olvidé de llevarme una buena.
Si programan la excursión, la mayoría de las compañías avisan si las condiciones climáticas son las apropiadas para hacer el recorrido. Si hay lluvias o cielos encapotados, lo más probable es que se suspenda y la reprogramen para el día siguiente, o hasta que las condiciones sean aptas. Si no llegan a ver auroras durante su estadía, con Reykjavik Excursions tienen un voucher válido por un año para volver y hacerlo en algún otro momento. Y les aseguro qué, después de estar en Islandia, van a querer cualquier excusa para volver; así que por lo menos se llevan un consuelo si no llegan a presenciar este espectáculo.
Excursiones hay muchísimas. Nosotros sacamos una por 60 euros, que incluía el transporte y todas las cortesías, trípodes y detalles que comenté. Hay de todo. Algunas también incluyen comidas, otras pueden hacerse con motos de nieve, algunas otras en un barco. Todo depende del presupuesto que manejen. Personalmente recomiendo Reykjavik Excursions (les dejo el sitio web por si quieren chequear los tours), ya que todo salió más que bien, pero hay infinidad de compañías que realizan este tipo de excursiones. Es cuestión de Googlear o, si no les interesa ir con todo programado desde acá, consultar en los hoteles. En la recepción del nuestro, el Hlemmur Square, había muchísimos folletos y opciones entre las que elegir. Otra opción, si están cancheros con el manejo, es alquilar un auto, pero también tienen que procurar analizar bien dónde pueden conseguir la mejor visibilidad de auroras (algo que, con excursión, te olvidás).
Y hoy, más de un mes después, me acuerdo siempre de ese tema del que habla Jens Lekman, un cantautor sueco, que decidió nombrar Sky Phenomemon. En mi mente sonaba esa canción. Y mientras veíamos el cielo nocturno teñirse de verde y rosa, pensaba en lo hermoso que es viajar y descubrir todas las maravillas que nos regala el mundo.
Si tienen la posibilidad de programar una cacería de auroras, les aseguro que no se van a arrepentir. Es sin dudas algo que hay que hacer por lo menos una vez en la vida.
]]>Salimos super temprano y decidimos hacer el paseo en excursión, ya que no teníamos mucho tiempo más en Río y los costos de hacer el viaje por nuestra cuenta no diferían mucho de contratarlo. Por la forma de manejar de los brasileños y el tránsito carioca, tampoco pensamos que valiera la pena contratar un auto para llegar hasta el puerto (además que los costos tampoco eran menores que el de hacer un tour). Hay que madrugar mucho pero, además de la excursión, nos llevamos una hermosa postal del amanecer sobre las playas de Barra de Tijuca. El pick-up de la excursión se realiza por esta zona y también por Copacabana, Ipanema y Leblón.
Si tienen el tiempo y las ganas de hacer el viaje por su cuenta, hay transfers que los llevan por una tarifa aproximada de 50 reales por persona (por tramo); también hay buses que salen desde la Terminal Rodoviaria Novo Rio, que están unos 31 reales (también por tramo). A esto, luego, hay que sumarle el precio del traslado a las islas, que son únicamente accesibles por barco. La empresa Barcas S.A. ofrece servicio regular de traslados desde Cais da Lapa hasta Vila do Abraão. El viaje dura 90 minutos y cuesta 6,50 reales en los días de semana y 14 los sábados y domingos. También hay servicios más costosos y de mayor lujo, que realizan el traslado en solo 45 minutos, por un billete de 20 reales. A nosotros la excursión nos salió aproximadamente 200 reales por persona que, sumando todos los gastos que implicaba hacerlo por nuestra cuenta, nos parecía un buen valor. Quizás si tienen más tiempo para disfrutar de las playas, es más recomendable que lo hagan sin tour, ya que los tiempos siempre son más acotados. Nosotros fuimos en temporada baja y con poco tiempo, así que esta parecía la mejor opción.
Una vez en la ruta y después de alguna siesta involuntaria, llegamos a un parador para comer algo, usar los baños y seguir con el camino. Es una distancia de aproximadamente 3 horas, pero que vale la pena hacer para conocer semejante lugar.
Angra dos Reis es un pueblito mínimo, sin mucho para hacer pero con algunos lugares para alojarse. Pueden elegir quedarse acá si lo que buscan es paz absoluta, aunque no hay mucho para conocer y es más recomendable ir en el día desde la ciudad. Incluso si quieren quedarse por esta zona, quizás es más recomendable hacerlo directamente en Ilha Grande, donde hay bastante oferta hotelera.
Salimos a la playa y pronto embarcamos, rodeados de gente de todas las nacionalidades. Sin esperar a que la barra empezara a funcionar, muchos subieron con sus packs de cerveza bajo el brazo y la fiesta arrancó incluso antes de que el barco dejara la costa. Con música local y el barco andando a paso firme por las hermosas aguas de Angra, partimos hacia nuestro primer destino: Ilha Grande. El ambiente dentro del barco es auténticamente local: música, baile, cerveza, alegría y un paisaje paradisíaco, algo que se ve por demás en tierras cariocas.
Cuando llegamos a destino, el barco ancló y nos ofrecieron máscaras para poder ver los peces bajo el agua. Llegamos a la famosa Lagoa Azul, con tiempo para nadar y apreciar ese paisaje sobre y bajo el agua. El agua es bastante fría, algo que yendo en invierno se sintió, pero después del viaje, el sol y la cerveza, un chapuzón viene bastante bien. Luego, el recorrido sigue hasta Freguesia de Santana, donde también hay tiempo para disfrutar del mar y, en este caso, de la playa. El viaje sigue, en barco, hasta la Praia de Japariz, donde se realiza la última parada para un almuerzo tardío en una especie de buffet autoservicio, algo muy típico en Brasil.
Luego, cuando en invierno ya empieza a caer un poco el sol, emprendimos el regreso, aún con música, alcohol y esa alegría que contagian los brasileros en cualquier ciudad, en cualquier rincón. Obviamente, entre el cansancio del sol y el recorrido, el viaje de vuelta se hizo corto, entre siestas y paradas para comprar alguna cosa para comer.
Si bien creo que es un lugar en el que tranquilamente uno podría quedarse días descansando, disfrutando de las playas y el paisaje sin hacer más nada, fue una linda experiencia para hacer en el día. Un lugar al que definitivamente espero volver algún día, ya que parece de esos en los que siempre se pueden encontrar rincones nuevos, todavía más lindos que los que ya conocíamos (aunque parezca imposible).
]]>Después de comparar excursiones, nos decidimos por el Monte Titlis, con un breve paso por la ciudad de Lucerna. La compramos con anticipación por Despegar y, dados los precios que maneja Suiza, no nos resultó extraño que el precio estuviera por arriba de la media. Pagamos algo de 120 dólares por persona, pero el paseo realmente parecía valer la pena y nos resultaba muy difícil pensar que era algo que podíamos hacer por nuestra cuenta.
Después de un desayuno rápido, en un Starbucks cerca de la estación de buses Sihlquai (al lado de la estación central), fuimos hasta el parking a buscar nuestro tour. El bus estaba esperándonos y, muy en contra de la voluntad de la guía, se retrasó un poco porque debimos esperar a un pasajero que tenía que ir al baño… Puede pasar.
Las excursiones se encuentran mezcladas, por lo que nos dieron un sticker para identificarnos. Algunos van a Pilatus, por lo que primero se los deja a ellos antes de seguir con el recorrido. En otro momento, quizás nos hubiese molestado perder tiempo. Pero los paisajes por los que pasamos, incluso llegar hasta el borde del monte y seguir por un camino lleno de nieve y montañas no nos pareció exactamente una pérdida de tiempo. El camino es bellísimo. No me canso nunca de decir que Suiza es un país hermoso desde donde se lo mire.
Llegamos a Lucerna a media mañana. Hicimos primero una parada en el famoso monumento del León, al que Mark Twain catalogó como más melancólico y conmovedor del mundo. Es bellísimo. Pero, después de todo, toda Lucerna lo es. Tuvimos sólo una hora libre para conocer el centro de la ciudad, pero basta para saber que sigue siendo otro de los increíbles destinos de Suiza. Ver el Kapellbrücke, el icónico puente de la ciudad, parece un sueño; algo salido de algún cuento. Las callecitas, los locales, la gente… Es todo tan pintoresco que enamora. Es una ciudad que ya marqué para volver en un futuro. Suiza es, en realidad, un lugar al que quisiera volver.
Después de una breve parada para el café (cielo gris y temperaturas bajo cero lo ameritaban), volvimos al micro y seguimos nuestro camino. Después de una ruta serpenteante de caminos entre árboles y nieve, y en subida, llegamos hasta la base del Monte Titlis. Siendo pleno invierno, los adeptos a deportes de nieve se encontraban desparramados por la base, que tenía una especie de iglú inflable auspiciado por la cerveza Corona, una tienda de regalos y algunos lugares para comer algo. Es una escena muy pintoresca siempre ver la montaña desde su base, desde ese lugar en donde se mezcla la naturaleza con la civilización, sea en el país que sea.
El teleférico, decorado con banderas de todos los países del mundo, nos llevó en grupos de cuatro o cinco hasta nuestra primera parada: el ROTAIR, el primer teleférico giratorio del mundo, para terminar nuestro ascenso. Esta increíble estructura, a más de 3.000 metros de altitud, realiza un recorrido de 5 minutos, girando 360 grados para ofrecer unas vistas increíbles de los Alpes, si llegan a hacerse de algún lugarcito cerca de las ventanas. Es una pequeña maravilla.
Llegados a la cima, la primera visita es para el puente colgante a 3041 metros de altura y 500 metros de precipicio. La caminata, de unos 100 metros, es sobre un puente en movimiento, pero no se siente tanto vértigo como creímos. Las vistas son espectaculares. Tuvimos suerte que nos tocó un día increíblemente despejado en la cima, ya que el puente puede encontrarse cerrado por condiciones climáticas. Es uno de esos rincones del mundo que me van a quedar en la memoria de por vida.
Durante el paseo, tienen la opción de realizar actividades invernales. Aunque hay alquiler de equipamiento, nosotros nos fuimos muy preparados y decidimos aprovechar el tiempo para comer más tranquilos en el restaurante del lugar. Con precios correctos para ser Suiza, comimos unas pastas y una salchicha alemana con acompañamiento, en una mesa junto a la ventana y con vistas de los Alpes que eran para quedarse horas solamente contemplando el paisaje. Si no quieren comer y prefieren llevar su propia comida, hay una zona de mesas para sentarse tranquilos (¡Incluso había gente tomando mate!).
Desde la zona de comidas, es fácil acceder a la Cueva Glaciar, un increíble túnel en el corazón del Glaciar Titlis. Con luces azules y temperatura bajo cero, es posible caminar por este pasadizo que se adentra en el corazón de las famosas nieves eternas, otro rincón único dentro de esta excursión.
Además de las tiendas de comida, hay lugares para comprar souvenirs tanto en la cima como en el regreso a la base, desde donde sale el micro de vuelta a casa cuando ya empieza a caer la noche del invierno europeo.
Una excursión única, sin dudas, con paisajes increíbles que nos llevaron desde la bella ciudad de Zurich hasta un paraíso nevado en el medio de los Alpes Suizos.
]]>Nos vinieron a buscar a eso de las 7:30, después de que aprovecharamos a tomar un desayuno más bien liviano (a mí los micros me marean un poco). Cuando tengo excursiones de todo el día, siempre compro algo en el supermercado para llevar en la mochila: ya sea un agua, galletitas o caramelos para pasar el rato. La realidad es que en las excursiones uno no maneja sus tiempos y el almuerzo de esta excursión en particular es bastante tardío, por lo que nos vino bien llevar algo con nosotros.
Con el amanecer y la cordillera de fondo, hicimos nuestro camino por la ruta 40, con esos paisajes tan imponentes que tiene escondidos Argentina por todas sus provincias. Llegamos al Dique el Nihuil alrededor del mediodía, ya cerquita de San Rafael y con un clima que, a pesar de ser pleno invierno, empezaba a ser cálido y agradable. Los paisajes, más allá de la fotografía, son realmente hermosos para quedarse, para relajarse, para apreciar la belleza de algo que parece sacado de una pintura. Obviamente, por cuestiones de viaje y de tiempo, la visita es breve. La verdadera estrella es el Cañón del Atuel; nos subimos al micro para dirigirnos hacia allá.
Pasamos brevemente por San Rafael, aunque es una ciudad en la que podría haberme quedado algunos días. Se ve un lugar tranquilo, limpio, esos que uno elige para ir a descansar y alejarse un poco de las grandes ciudades, pero sin estar totalmente aislado del mundo. Es pintoresca. Lamentablemente, la excursión sólo pasa brevemente por ahí, continuando a su destino.
El recorrido del Cañón del Atuel no es para personas con vértigo: los caminos son estrechos y los precipicios pueden verse desde el micro, pero los paisajes son impresionantes: las formas, los colores, todo en un entorno natural y bañado por el sol… Es una belleza. Tuve la suerte de haber estado en muchos lugares lindos de nuestro país, y aún así este tuvo la capacidad de deslumbrarme. No se parece a nada que haya visto antes.
Acompañado de la explicación sobre los Diques y la reserva, el camino se vuelve interesante y cada vez se llena de más colores y detalles. Las paradas fotográficas me permitieron tener algunas tomas increíbles de esos paisajes que podrían disfrutarse por días.
Llegados a destino, había una pequeña parrilla donde podían comprarse sandwiches de vacío y otros cortes a muy buen precio. Desde ahí, cada uno tenía la opción de decidir qué hacer después. Rafting era una de las opciones, en una zona que es buena para quienes quieren iniciarse con esta actividad, ya que la corriente de las aguas no es muy fuerte. Otra opción era un paseo en barco, para poder acercarse un poco más a Valle Grande. Nosotros, en lo personal, decidimos disfrutar del paisaje y descansar acompañados de unos mates, el solcito y el agua cristalina.
Aunque el viaje resulta un poco largo, es una hermosa excursión para conocer esta joya oculta en San Rafael. Nosotros lo hicimos por Despegar, pero hay muchísimas opciones; pueden consultar en sus hoteles, que seguro les van a ofrecer hacer este recorrido único.
]]>Estas excursiones arrancan de por sí temprano, así que después de un desayuno rápido en nuestro hotel, muy cerca del Centro Cívico, salimos con el micro que nos llevaría a destino. La querida ruta 40 hace aparición en escena mientras, de a poco, nos acercamos a la primera parada del tour: el lago Mascardi, para una foto con la icónica Isla Corazón. No es más que una parada fotográfica, para admirar las vistas y los alrededores que realmente valen la pena.
Pasando de largo la Laguna Los Moscos, en poco más de media hora, llegamos al Lago Hess, donde se origina el Río Manso que atraviesa la frontera con Chile. Es el Río Manso, con sus aguas verdes y su envidable paz, que cruzamos para llegar a Pampa Linda.
Los colores, la vegetación, todo tan tranquilo que da miedo. A pesar de los tábanos, que están a raudales, el paisaje es inmutable. La vista del Tronador desde este punto es una belleza. El micro para, esta vez con mucho más tiempo, y caminar por ahí te produce una calma única, con el sol pegando fuerte y las montañas de fondo en un ambiente que realmente es para poner en un cuadro.
Ahí comimos, en un pequeño parador. Si bien la comida no es nada del otro mundo, todo es agradable en este lugar. Hay muchos campings también, para la gente que decide ir con el auto y quedarse rodeado de paz y naturaleza, con un mirador único que pudimos apreciar en su máximo esplendor con el día hermoso que nos tocó.
El camino continuó después de la comida, llegando finalmente a destino: el micro estacionó y a pocos pasos teníamos el imponente Ventisquero Negro. Las aguas de colores claros en contraste con las montañas, las porciones de hielo flotando, y un lugar que parece desierto. Esos paisajes únicos que tiene la Patagonia se reflejan en lugares como este, que invitan a quedarse horas contemplando los detalles.
Ahí no terminó el camino, sino que el micro nos acercó a la base del increíble Cerro Tronador, espiando desde las ventanillas los paisajes que se dejan entrever por el camino. Tuvimos la opción de seguir a pie, caminando por un pasaje estrecho, un poco irregular, para llegar hasta la Garganta del Diablo: no tiene nada que ver con el popular atractivo de las Cataratas del Iguazú, sino que son un grupo de saltos naturales que se originan a partir del derretimiento de los glaciares. El agua es helada y es otro rincón que, aislado, guarda su encanto entre recovecos y caminos por los que este afluente va pasando. Es un lugar agradable, sobre todo en verano, para sentarse un rato y disfrutar del agua fresca y del paisaje único que se obtiene estando tan cerca de estos saltos.
El regreso al hotel está salpicado de los mismos colores, por una ruta que definitivamente vale la pena hacer en la visita a Bariloche.
La excursión puede sacarse por Despegar.
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