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Los gatos son los mejores animales del mundo. Para mí. Ahora, si estás de acuerdo y vas a Roma, tenés que pasar por Romeow Cat Bistrot. Mi experiencia con cafés de gatitos se había frustrado más de una vez: por cosas de los viajes compartidos, no había podido ir en Londres, no había podido ir en Madrid y Buenos Aires está muy lejos de tener un lugar así. Así que cuando pasé por Roma, supe que no había Coliseo ni Foro Romano que me impidiera dedicarle una tarde a este lugar.
El café está en un barrio más bien alejado, en una zona que no resulta tan turística como otras, incluso cuando a unas pocas cuadras está la Piramide Di Caio Cestio y la estación Ostiense. Tiene más pinta de barrio y es bastante más tranquilo que otras zonas de Roma. Con el subte (la linea B), llegan hasta la estación Piramide y de ahí son unas pocas cuadras hasta el café.
Romeow está en una esquina y las vitrinas permiten ver a los gatitos desde afuera. Por los techos, durmiendo en las sillas o en sus camas. Están por todos lados. Y hay que tenerlo en cuenta cuando entrás: el café es de ellos, y se hace lo que ellos quieren. Son gatos, después de todo. Funciona así.
El lugar tiene cocina vegana, con un menú muy variado, tanto dulce como salado. Nosotros fuimos por la tarde, a la hora de la merienda, y pudimos pedir un capuccino hecho con leche de avellanas y una porción de su cheesecake vegano que es para chuparse los dedos. Los precios son un poco elevados en relación a otros lugares (el capuccino 3,50 euros, tampoco es una locura) pero el lugar es hermoso y la comida muy buena. Además, ¡hey! ¡hay gatitos!
Los felinos van de acá para allá con total libertad. Está aclarado en un pequeño cartel que tienen todas las mesas: no hay que molestarlos o levantarlos. Los gatitos hacen su vida y, si ellos deciden acercarse, aceptan los mimos sin chistar. El café está especialmente diseñado para que los gatos estén tranquilos, todos son hermosos y están muy bien cuidados. Mientras nosotros comíamos, los vinieron a alimentar y todos parecen estar muy bien educados para saber que esa es su comida. Juegan entre ellos, se trepan por las estanterías ubicadas estratégicamente en las paredes, y montan un pequeño espectáculo sin siquiera saberlo.
Es un lugar del que no quería irme ya que, además de los gatitos, la decoración, la comida y la tranquilidad se disfrutan muchísimo. Si están por Roma y quieren hacer algo distinto, este es un gran café para comer algo, con una compañía muy especial.
El local, extrañamente, está cerrado lunes y martes. De miércoles a domingo, está abierto desde las 11 hasta las 23:30hs.
]]>Giolitti tiene la pinta de los bares típicos antiguos que podemos ver por barrios tradicionales de Buenos Aires: todo con decoración más bien excesiva, mucha madera y mármol, luces cálidas y la posibilidad de sentarse a tomar el helado (con un costo adicional) o el té en un ambiente que parece sacado del 1900.
El local, incluso en pleno invierno, estaba repleto de gente. La mayoría de las mesas se encontraban vacías, pero la vitrina llena de helados estaba rodeada de gente, esperando para poder elegir entre la infinidad de gustos y variedades que tienen.
El cucurucho nos salió 3,50 euros, un valor que nos pareció normal para lo que era: tres gustos y la opción de ponerle panna (crema) por arriba. Una locura. Lo peor es que ni siquiera teniendo tres gustos es fácil decidirse. Hay una variedad increíble e interesante de sabores y todos los que probamos (fuimos más de una vez, obviamente) estaban buenísimos. Destaco el nutella, que literalmente es nutella puro pero es una delicia, y la gianduia di torino, un clásico italiano.
La heladería está en Via Uffici del Vicario, 40, en el centro de Roma y cerca de muchos puntos de interés. Realmente vale la pena hacer una parada en el recorrido turísitico para probar, en mi opinión, uno de los mejores helados de Italia.
La página de la heladería la pueden visitar acá.
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