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Los vuelos pueden encontralos acá.
Tengan en cuenta que estas tarifas se encontraban disponibles el 28/06/2018 a las 12:04, y pueden variar o agotarse.
]]>Islandia es un lugar soñado, y no me voy a cansar nunca, ni en cien posteos, de decir que valió la pena cada euro invertido en este maravilloso lugar. Se puede visitar unos días sin gastar una fortuna. Simplemente tuvimos que bajar las pretensiones y saber, de entrada, que no nos quedaba otra que adaptarnos al gasto diario que teníamos y ver cómo nos arreglábamos con eso. Es un tema que repito bastante, pero creo que viajar y conocer es una cuestión de voluntad. A veces no necesitamos una fortuna para conocer ciertos lugares, ni siquiera los más caros, sino un poco de capacidad de ahorro y otro tanto de capacidad de adaptación.
La realidad es que, primero que nada, cabe decir que llegamos al país muy próximos al fin de año que, sumando que es una época muy buena para ver auroras, lo encarece un poco más. Para unos pocos días, estuvimos bien y salimos ilesos de nuestra experiencia en uno de los países más caros de Europa. Quizás, si lo que buscan es ahorrar, es conveniente buscar otras fechas de temporada baja como pueden ser octubre o noviembre, donde los precios puede que sean más económicos —sobre todo en alojamiento—, pero aún así estén en época de ver las auroras.
Los vuelos los sacamos por Icelandair bastante sobre la fecha, por lo que no puedo ponerlos como referencia. Buscando con más tiempo, la aerolínea tiene buenas ofertas. Incluso Wow Air, la low-cost islandesa, saca de vez en cuando algunos vuelos a excelente precio para conocer Reykjavik y alrededores, saliendo desde las principales capitales y ciudades europeas. Les recomiendo chequearlo con tiempo porque pueden encontrar muy buenas ofertas para viajar a Islandia desde otras partes de Europa, e incluso desde los Estados Unidos o Canadá. También hemos visto muy lindas ofertas de Wizz Aire, que salen de vez en cuando. Cada tanto veo que sacan ofertas interesantes para ir desde Madrid o Barcelona, también desde los Bálticos, Londres o Polonia. Hay que estar atento.
Con respecto al alojamiento, nosotros en esas fechas encontramos mucha diferencia entre ir a una habitación con baño privado o sacar dos camas en un hostel, con baño compartido. Veníamos de países donde pagar dos camas en un hostel nos salía lo mismo que ir a un lindo hotel, por lo que nos sorprendió mucho la brecha entre ambos tipos de alojamiento. Al ser pocos días, decidimos reservar en el Hlemmur Square. Lo particular de este lugar es que es un hostel pero también es un hotel, contando con habitaciones privadas y más lujosas en los pisos superiores. En las primeras plantas se encuentran las habitaciones compartidas, con los correspondientes baños, duchas y la cocina. Pagamos algo de 30 euros la noche (por persona), lo que resultó barato para el costo de vida que tiene el país. Además, el hecho de tener cocina y heladera facilitó mucho el poder ir a los supermercados a comprar algunas provisiones para nuestros días en el país. También chequeamos otras opciones como el Bus Hostel o el Galaxy Pod Hostel, pero el precio y la inmejorable ubicación en Reykjavik nos hicieron decidirnos por el Hlemmur. Laugavegur, la calle sobre la que se encuentra, es una zona muy linda para pasear, comprar y comer.
Otra opción para alojarse es Airbnb. Antes de viajar, leía que mucha gente local no estaba renovando los alquileres de sus casas ya que, debido a la cantidad de turismo que está recibiendo el país, les convenía mucho más publicarlas en Airbnb. Las opciones de casas o habitaciones privadas son muchísimas. Si bien las casas completas no son un regalo, puede convenir si hacen viajes en grupo. Con respecto a las habitaciones privadas, manejan muy buenos precios y la gente nos pareció super cordial, así que no creo que tengan problemas conviviendo con alguien más. Nosotros estuvimos a punto de elegir una de estas, con un precio aproximado de 45 euros por noche (para dos personas), en una casa con muy buena ubicación. Finalmente nos decidimos por el hostel, pero si viajan solos o en pareja una habitación privada puede ser una opción interesante. Incluso un poco más en las afueras, si están con auto, pueden conseguir excelentes precios y disfrutar un poco de la vida típica local. También, mucha gente nos ha hablado sobre hacer Couchsurfing, que es básicamente algo similar a una habitación privada por Airbnb, pero gratis. Si bien por lo general las comodidades no son las mismas, el hecho de no pagar puede resultar un alivio si tienen un presupuesto realmente ajustado. Es cuestión de ver hasta dónde puede gastar cada uno y priorizar las cosas que quieren hacer, qué quieren visitar o cuánto tiempo van a estar y dónde les conviene alojarse.
Para ir y volver del aeropuerto, compramos los traslados que ofrecían a bordo de IcelandAir, la aerolínea de bandera por la que viajamos. Sin embargo, también pueden comprarlos por internet. Es una forma cómoda, rápida y a buen precio para acercarse al centro. El llamado Flybus tiene buena frecuencia después de la llegada de los vuelos y a nosotros nos dejaba en la puerta de nuestro Hostel (tiene varias paradas). El precio es de 2950ISK (23.50 euros, más o menos) por tramo, aunque les sale 5500 (casi 44 euros) si compran ida y vuelta.
Transporte público no usamos. Reykjavik se puede recorrer caminando perfectamente, tomándose el tiempo para apreciar una ciudad pequeña, tranquila y muy pintoresca. En algún momento consideramos la posibilidad de alquilar un auto, pero dados los precios de hacerlo (un alquiler arrancaba en los 65 dólares por día, aproximadamente) y la época de rutas nevadas, consideramos mejor recorrer en excursión y movernos por la ciudad a pie. Las excursiones no son baratas, y la única opción fue seleccionar sólo algunas y dejar el resto para otra visita, que no dudamos que se hará realidad en algún momento. Nuestras elegidas, por una cuestión de tiempos y deseos de conocer desde siempre, fueron la cacería de luces del norte y la Laguna azul. Estos tours los sacamos tanto por Gray Line (Laguna Azul) y Reykjavik Excursions (Luces del Norte). Los precios no varían mucho entre compañías, lo que cambia simplemente es el tipo de excursión. De las auroras van a encontrar muchísimas opciones y un rango de precios bastante amplio. Nosotros hicimos una de las más económicas, por aproximadamente 40 euros. Calculen que cualquier tour que hagan, de lo que sea, no va a salir menos que eso. Es recomendable que vayan viendo y decidiendo cuáles quieren hacer.
Mucha gente me preguntó qué onda los free tours, que en un país tan caro pueden ser una mano para conocer y no gastar una fortuna. Si bien no llegamos a hacer ninguno, City Walk tiene un tour gratuito para conocer Reykjavik, y algunos otros de pago como lo son el Pub Crawl, otro que recorre la historia financiera de Islandia o incluso opciones de tours privados. Si tienen poco tiempo, es una buena forma de llevarse un pantallazo de la ciudad.
Con respecto a la comida, debo decir que los precios si se encarecen mucho más que en otras ciudades europeas. Recomiendo altamente la cadena de supermercados Bonus, que tiene los mejores precios de la ciudad —mucha gente me había dicho antes de viajar que sólo debía comprar acá, en los super del chanchito. Si buscan hacer comidas rápidas y baratas, hay muchísimas variedades de pan a buen precio (algo de 1,50 euros el lactal) y muchas opciones para preparar sandwiches en una heladera gigante —literal, pueden entrar en la heladera. Muchos snacks y comida a buen valor. También, si paran en un hostel con cocina pero no tienen ganas de andar preparando nada, hay comidas hechas. Para que se den una idea, pueden encontrar bandejas de comida por aproximadamente 3,90 euros. Comer por esa plata en Islandia casi no existe, así que es una buena opción si lo que buscan es ahorrar.
Para comprar alcohol, lo más recomendable es comprar en el free shop. Los supermercados en Islandia no venden bebidas alcoholicas, sino que hay tiendas especializadas. Vinbudin es la tienda, que vende alcohol a un precio equitativo en todo Islandia. En la página del comercio pueden revisar todos los precios. Recomendable igualmente, si quieren probar alguna bebida local, que la compren al llegar o al irse en el aeropuerto. Hay muchos packs copados de cervezas locales, botellas de vodka, gin o licores típicos a muy buen precio, tanto para consumir como para llevar de recuerdo. Si van a comprar en la ciudad, tienen que tener en cuenta que les va a salir más caro, pero pueden encontrar algunas latitas de cerveza local por cosa de 1,60 euros (Viking, una de las lagers más baratas). Nosotros compramos una Einstök Arctic Pale Ale, una cerveza un poco más cara en botella de 330ml, y la pagamos algo de 3,5o euros.
Si buscan sentarse en un restaurante, hay opciones para comer el típico ramen japonés (había uno justo al lado de nuestro hotel) a muy buen precio, en un lugar llamado Noodle Station. Dos noches nos dimos el gusto de sentarnos a comer en Svarta Kaffid, uno de los locales que más disfrutamos durante nuestra estadía y sobre el que ya desarrollaré en un post. Exquisitas sopas por algo de 14 euros, y una linda variedad de cervezas locales (en época de fiestas, la cerveza navideña de Gull es lo más). Si bien no es un precio módico, es muy correcto para lo que es comer en Islandia. Háganse a la idea que, si tienen planeado comer afuera, no van a gastar mucho menos que eso. Una particularidad es que en Islandia ya no existe la cadena McDonalds, un recurso que suele ser utilizado por algunos viajeros para comer rápido y barato. Sin embargo, hay algunas opciones de comida rápida, que pueden servir para salir del paso. Como les comentaba, un menú económico en la zona de Reykjavik les puede llegar a salir entre 14 y 18 euros por persona, mientras que una cena en un restaurante no va a salirles menos de 30, 35 euros por persona. Por eso es que recomiendo tanto aprovechar la cocina, si van a hostel o Airbnb y cocinar. Sin dudas, Islandia fue uno de los lugares en los que más gastamos en comida. Si pueden y no les molesta comprar en el supermercado y cocinar, es un buen destino para ponerlo en práctica. Y el mate se volvió nuestro aliado infalible. Con los diez grados bajo cero de térmica, llegar a nuestra habitación y cebar unos mates calentitos para sacarnos el frío no tenía precio.
Por descontado está decir que, si necesitan hacer shopping, están en el país equivocado. Hay muchos negocios en el centro de Reykjavik, aunque en su mayoría son tiendas de souvenirs —y vamos a decir que no nos resultaron baratos ni siquiera los imanes. Kringlan, el centro comercial más grande de la ciudad, se encuentra algo alejado del centro propiamente dicho, pero se puede llegar tranquilamente a pie (desde nuestro hotel eran unos 30 minutos). El edificio es grande, con muchas tiendas de ropa, licores y demás. Incluso tienen algunas opciones de comida rápida como Subway o Domino’s, en caso que estén buscando una cena económica. Igualmente, como comentaba, los precios del país en sí no son los ideales como para salir de shopping, pero si tienen una urgencia es una buena opción. La verdad es que gastamos mucho comprando sólo souvenirs para la familia. Y, como fan del fútbol, no pude hacer más que traerme la camiseta de la selección islandesa (qué, como la mayoría de esas cosas, tiene un precio más o menos universal —75 euros—; aunque era más barato comprarla en el free shop que en las tiendas de recuerdos, donde rondaban los 100 euros).
Como siempre digo, no hay lugares imposibles para conocer si uno tiene el deseo y la voluntad para hacerlo. Después de los pasados dos años, que estuvimos por Suiza e Islandia, estamos convencidos que es más una cuestión de flexibilidad y saber adaptarse que otra cosa. Tuvimos que resignar ir a una habitación privada, sentarnos a comer en un restaurante o llevarnos muchas chucherías como souvenirs, pero sin dudas nos llevamos de recuerdo cosas mucho más valiosas y espectaculares que un llavero o un imán. Más de una vez escuché gente decir que ellos en las vacaciones no piensan resignar comodidades para ir un lugar a pasarla mal. Por eso lo llamamos viajar, a veces, y no vacacionar. La idea no es descansar, ni nunca lo fue cuando pensamos en ir a este país. La idea fue conocer, y a veces los lugares son tan increíbles, que pronto te olvidás si tenés que compartir un baño o comer ramen instantáneo en la cocina del hostel. Recomiendo, aunque tengan que hacer algunos pequeños sacrificios (si se los puede llamar así), animarse a conocer este país que, si bien caro, vale cada corona islandesa gastada en él.
]]>Sin embargo, los sueños están para cumplirse. Y después de hablar un poco, coincidimos con mi novio que los dos queríamos ver una aurora boreal. No sabíamos bien dónde, no sabíamos bien cómo, pero empezamos las averiguaciones pertinentes para hacerlo. Islandia siempre había sido un destino al que había mirado con cariño, como ya comenté antes, pero evaluamos también otras opciones: Tromso, Kiruna, Rovaniemi… La lista es larga. Ninguna terminaba de convencernos, ya fuera por precio, distancias, transporte… Estuvimos mucho tiempo analizando las posibilidades, y por un momento todo quedó en la nada.
Entonces apareció Islandia, con sus vuelos de Icelandair a un precio que nos parecía bastante bueno, encontramos un hostel dentro del presupuesto, y las fechas nos cerraban entre la Navidad en Praga y el último destino, Estocolmo. Teníamos tantas ganas de cumplir ese sueño.
Ya fue, lo hacemos.
No les puedo explicar la ansiedad después de emitir los pasajes. Mirar el pronóstico de auroras semanas antes, incluso sabiendo que los resultados aparecen sólo para las próximas 72 horas. Mirarlo tres días antes, aunque había leído que el hecho que haya actividad no implica que puedan verse. De verdad, no saben la ansiedad que manejaba en los destinos previos. Era como estar a un pasito de cumplir un sueño viajero enorme, sin saber muy bien qué podía pasar y dependiendo, única y enteramente, de las condiciones climáticas.
El mismo 27 de diciembre que llegamos, decidimos programar la excursión que nos iba a llevar lejos de Reykjavik, si el clima acompañaba, para poder apreciar este fenómeno. Como algunos quizás saben, hay una serie de condiciones que tienen que cumplirse para poder ver una aurora boreal. Islandia es uno de los destinos más elegidos para verlas, ya que se dice que pueden verse auroras unos 280 días al año. La actividad geomagnética (Kp) indica cuando es más probable que las auroras aparezcan (cuanto más alto, más probable es), aunque esto no es suficiente. También es importante contar con cielos despejados y oscuridad, para poder apreciarlas mejor. La luna, cuanto más pequeña, también beneficia a la visualización. Todas estas cosas nos las fueron contando en el camino a nuestro destino, una excursión para ver las auroras que arrancó a eso de las 22 horas. Hay algunos hoteles que incluso cuentan con servicio de despertador para verlas sin tener que andar despierto a altas horas de la noche. Una locura.
Si son ansiosos como yo y les copan estas cosas, la página del Servicio Meteorológico de Islandia es algo que no les puede faltar en el viaje. Es entretenida para ver y estar al tanto de la actividad. Igualmente, tengan en cuenta que el que diga low no quiere decir que no se vayan a ver, como tampoco implica que un indice alto sea sinónimo de ver las auroras sí o sí. Como comentaba, depende de muchas cosas, así que no tienen más que chequear el pronóstico y cruzar los dedos, prender velas o repetir cualquier rezo que les de resultado.
Lo más importante es encontrar un lugar bien oscuro para poder ver bien la actividad en el cielo, por lo que es prácticamente un requisito alejarse de Reykjavik para poder apreciarlas. Contratamos la excursión por Reykjavik Excursions. El bus nos pasó a buscar por la parada del bus número 10 (casi en la puerta de nuestro hostel) y arrancamos pronto un trayecto hacia el sur del país. Yo estaba, más o menos, saltando en mi asiento, olvidándome de la cámara, de ponerme los guantes, de calzarme el gorrito de lana…
Y cuando nos empezamos a alejar de la capital, por esas rutas blancas de extensión infinita, nuestra guía nos avisó que a nuestra izquierda empezaban a verse las primeras luces del norte.
Casi se me pianta un lagrimón.
Lamentablemente, como en todas excursiones compartidas, a mucha gente se le ocurre prender los teléfonos para sacar fotos, o incluso mandar whatsapps (sí, mientras afuera había una aurora boreal un tipo se puso a mandar un mensaje de whatsapp, es un ejemplo real). ¿Un consejo? Dejen un rato las cámaras, los teléfonos, todo. Olvídense. Disfruten. Estas cosas y estas suertes se dan pocas veces en la vida y a veces, por tener la foto, dejamos en segundo plano los espectáculos mágicos que estamos presenciando. Son cosas únicas, y el recuerdo más lindo que nos queda es mirar el cielo y decir mirá lo que es eso, estoy acá, estoy viviendo esto de verdad. Ya habrá tiempo para las fotos.
Llegamos al sur de Islandia y las luces seguían brillando en el cielo. Incluso con una luna llena, pudimos ver las luces del norte gracias a un cielo despejado y una Kp relativamente alto. No dábamos más de la felicidad. De verdad. Es algo tan raro, tan único, que me cuesta explicarles la sensación de tenerlo ahí. Y habernos sacado toda esa ansiedad la primera noche fue lo mejor que nos pudo pasar. Ya estábamos ahí y se estaba cumpliendo un sueño enrome.
En el bus nos dieron algunos tips para poder sacar algunas fotos, e incluso prestan los trípodes para poder tomar las propias (si no tienen trípode o algún lugar para apoyar la cámara, lo más probable es que no salgan muy bien). Con una exposición larga o la app correcta (recomiendo Northern Lights, una cámara para iOS que nos recomendó nuestra guía), pueden llegar a capturar el momento bastante bien. De nuestro tour aprendimos un pequeño truco para poder sacarse una foto ustedes con las auroras: una linterna. Simplemente, con la larga exposición, tienen que alumbrar rápido una vez a las personas y después dejar que la cámara haga lo suyo. Nos tomaron la foto que comparto, donde yo soy más o menos un fantasma. Si se quedan bien quietitos durante lo que dura la toma, lo más probable es que les salga mejor que la mía. Si les interesa mucho llevarse la foto, recomiendo que googleen los tips para sacarlas de acuerdo a la cámara que tienen. Hay muchísimos instructivos que, si tienen la paciencia de leerlos, pueden ser útiles. Y si no tienen trípode, busquen alguna piedra para apoyar bien la cámara y van a estar bien. La mayoría de las fotos que tomé fueron de ese modo.
No puedo dejar muchas fotos ya que la verdad es que no me preocupé mucho por ellas. No quise hacer cola para usar el trípode, ni tampoco pude hacer muchos malabares para sacar una fotografía. Las que les dejo son las que pude sacar antes que se me congelaran los dedos de las manos (estábamos por debajo de los 10 grados bajo cero, a la medianoche y en un lugar abierto, así que se pueden imaginar el frío). Después guardé la cámara y me dediqué a disfrutar de un espectáculo que, sin dudas, espero volver a presenciar alguna otra vez. La próxima quizás me tome más tiempo para sacar fotos más decentes. En este la verdad que estaba tan ensimismada y entusiasmada que casi me olvidé de llevarme una buena.
Si programan la excursión, la mayoría de las compañías avisan si las condiciones climáticas son las apropiadas para hacer el recorrido. Si hay lluvias o cielos encapotados, lo más probable es que se suspenda y la reprogramen para el día siguiente, o hasta que las condiciones sean aptas. Si no llegan a ver auroras durante su estadía, con Reykjavik Excursions tienen un voucher válido por un año para volver y hacerlo en algún otro momento. Y les aseguro qué, después de estar en Islandia, van a querer cualquier excusa para volver; así que por lo menos se llevan un consuelo si no llegan a presenciar este espectáculo.
Excursiones hay muchísimas. Nosotros sacamos una por 60 euros, que incluía el transporte y todas las cortesías, trípodes y detalles que comenté. Hay de todo. Algunas también incluyen comidas, otras pueden hacerse con motos de nieve, algunas otras en un barco. Todo depende del presupuesto que manejen. Personalmente recomiendo Reykjavik Excursions (les dejo el sitio web por si quieren chequear los tours), ya que todo salió más que bien, pero hay infinidad de compañías que realizan este tipo de excursiones. Es cuestión de Googlear o, si no les interesa ir con todo programado desde acá, consultar en los hoteles. En la recepción del nuestro, el Hlemmur Square, había muchísimos folletos y opciones entre las que elegir. Otra opción, si están cancheros con el manejo, es alquilar un auto, pero también tienen que procurar analizar bien dónde pueden conseguir la mejor visibilidad de auroras (algo que, con excursión, te olvidás).
Y hoy, más de un mes después, me acuerdo siempre de ese tema del que habla Jens Lekman, un cantautor sueco, que decidió nombrar Sky Phenomemon. En mi mente sonaba esa canción. Y mientras veíamos el cielo nocturno teñirse de verde y rosa, pensaba en lo hermoso que es viajar y descubrir todas las maravillas que nos regala el mundo.
Si tienen la posibilidad de programar una cacería de auroras, les aseguro que no se van a arrepentir. Es sin dudas algo que hay que hacer por lo menos una vez en la vida.
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Probablemente muchos hayan visto una foto de la Blue Lagoon, incluso sin saber qué era o que se encuentra en el suroeste de Islandia. Es fácil que las imágenes de este lugar resulten atractivas, ya sea por el color del agua o porque, básicamente, es un paraíso en medio de la nada que no parece real. Yo misma tenía mis serias dudas que el agua fuera de este color tan increíble o que el complejo realmente se viera como lo vendían las fotografías. Todas las imágenes que veía parecían retocadas.
De más está decir que, si estoy escribiendo esto, es para admitir que me equivoqué.
Parto de la base que ninguna foto le hace justicia a Islandia en general. Todas las fotografías que tomamos durante el viaje me parecen poco en comparación a lo que vimos esos días en este país que —creo que ya puedo dejar de repetirlo— es una sorpresa tras otra. Un lugar único.
La Laguna Azul, conocida como Blue Lagoon (Bláa lónið en islandés), se encuentra en Grindavík, y obtiene su suministro de agua de la planta de energía geotérmica de Svartsengi. El complejo se encuentra a sólo 20 kilómetros del aeropuerto internacional de Islandia, y a unos 50 kilómetros de Reykjavik. Las formaciones de la laguna comenzaron en 1976 como desperdicios de esta planta de energía, pero la gente empezó a darse cuenta de los beneficios que tenía el agua. Recién entre 1987 y 1995 comenzó a operar este complejo, que incluso hoy en día sigue en expansión y desarrollando facilidades para el bienestar de sus visitantes. Cuando lo visitamos, algunas zonas estaban cerradas y en construcción, aunque eso no afectó para nada nuestra experiencia.
Hay muchas opciones para ir a la Laguna Azul, pero en todas ellas es necesario reservar tickets con anticipación. No pueden ir si no tienen una reserva previa. Pueden ir tanto por su cuenta como en tour, pero en ambos casos tienen que tener un lugar asegurado previamente. El sitio oficial de la Blue Lagoon ofrece distintas opciones para contratar el servicio. Está en inglés, pero es bastante intuitivo: en la opción plan your visit van a encontrar toda la información necesaria para sacar tickets, llegar y pasar el día en este lugar increíble.
Primero lo primero: las entradas. Pueden optar por comprarlas por su cuenta desde el sitio, o sacarlas directamente con excursiones que incluyen traslado en bus (ida y vuelta). Nosotros optamos por esta segunda opción, ya que no variaban mucho los precios entre sacarlo en excursión o comprar el bus aparte. Lo bueno es que, si bien deben confirmar el horario de ingreso, pueden quedarse en la Laguna todo el tiempo que quieran: las empresas tienen transfers continuos que van desde el complejo hasta Reykjavik, para que puedan elegir la hora en la que quieren irse (recuerden chequear en el sitio de cada compañía cuáles son los horarios en los que sale cada bus, como para ir calculando el tiempo para irse —sobre todo si van en invierno, donde esperar afuera no es lo mejor que les puede pasar). La entrada más básica a la laguna, que fue la que incluía nuestro tour, está algo de 6100 coronas islandesas, lo que equivale a unos 48 euros. Aunque es un número para cualquiera que viaja con poco presupuesto, les puedo asegurar que vale cada euro que pagan. En lo personal, creo que es uno de los must de Islandia (además de un sueño personal, un lugar que no podía dejar de conocer). Hay otras tarifas, que también incluyen más servicios. Acá está la tablita con todos los detalles, que pueden ver en la página oficial:

Ahora ¡OJO! Los precios cambian a partir de marzo. Los muchachos de la Blue Lagoon decidieron eliminar la tarifa básica que no incluía nada, reemplazandola directamente por la que la siguen (que incluye la entrada, una toalla, una máscara de barro y una bebida gratis en el bar). No es un aumento, sino una modificación en las tarifas y qué incluye cada una, que de hecho creo que beneficia a los visitantes. Además, los precios pueden variar dependiendo de la demanda o del horario que seleccionen (a la hora de hacer la reserva, deben elegir la hora para llegar). Todo depende, pero en la web están muy claros los precios antes de comprar. A nosotros el 28 de diciembre, llegando por la mañana, nos salía algo de 60 euros. Estos son los nuevos precios:

Cuando compran la entrada pueden seleccionar, además, incluir el traslado al complejo desde Reykjavik que está algo de 4500 coronas islandesas (unos 35 euros). Contratando la excursión por Gray Line, nos salió aproximadamente 90 euros (si sumamos la entrada y el transporte, que es lo que incluye este tour, nos salía hasta más barato que comprarlo por la página de la Laguna Azul) y nos pasaban a buscar casi por la puerta de nuestro hotel (Hlemmur Square). El voucher nos lo enviaron por mail y ya con eso podíamos acceder tanto al transporte ida y vuelta como al complejo de la Laguna. Recuerden tenerlo impreso o digital, ya que se los piden también para tomar el bus de regreso.
Nosotros optamos por el horario de las 10 de la mañana, lo que implica que el pick-up en los hoteles arranca a las 8:30 para salir a las 9 desde Reykjavik. Después de pasar a buscarnos por los hoteles, nos dejaron en la terminal de micros, donde nos subimos a los que van hasta la Laguna. Como comenté, es un viaje de 50 kilómetros y dura aproximadamente una hora. En el camino, la magia de Islandia —al ser invierno, recién empezábamos a ver los primeros colores del amanecer, aunque aún era de noche— es digna de apreciar.
Todavía con oscuridad llegamos al ingreso a la Blue Lagoon, con diez grados bajo cero pisándonos los tobillos y un camino rodeado de nieve que lleva hasta el acceso. Con frío, entramos a la recepción que ya se encuentra aclimatada para los turistas. Mucha información disponible sobre el complejo y una pequeña fila nos separaban de acceder al spa. Nuestra tarifa no incluía toallas así que pagamos un extra para que nos dieran unas, también unas batas, y cargaron todo en nuestra cuenta. Lo que no está pago, lo pueden comprar o consumir dentro de la laguna utilizando la pulsera que les ponen al ingresar. Básicamente todos sus gastos se cargan ahí, y luego pagan al salir. Imaginate lo incómodo que puede ser andar dando vueltas con la tarjeta de crédito por el agua o los vestuarios; la pulsera soluciona todo.
El acceso a los vestuarios obviamente está dividido para hombres y mujeres, y está prohibido tomar fotografías. Allí tienen la posibilidad de agarrar un locker, que está incluído en el precio de la entrada. Básicamente dejan todas sus cosas ahí, cierran la puerta y luego apoyan rápido su pulsera en unas máquinas que hay en el medio, cerrándose así y pudiendo abrirlos únicamente volviendo a apoyarla —yo lógicamente tuve que pedir ayuda, porque lo cerré y nunca apoyé la pulsera a tiempo—. Una vez que tienen sus cosas guardadas y su traje de baño puesto, deben dirigirse a las duchas antes de ingresar a la laguna. Ya una vez que hacen todo, recomiendan también recogerse el pelo o ponerse acondicionador, ya que el agua lo reseca mucho —doy fé, el efecto dura días.

Los vestuarios salen a una zona común, que cuenta con un pequeño bar para comer o tomar algo y un espacio para dejar toallones, batas y ojotas. Lo bueno de las aguas termales es que tienen un acceso interno desde este lugar, así que no hace falta que se congelen en el exterior para entrar; pueden ingresar directo.
Y que placer. Que lindo meterse en aguas celestes que tienen una temperatura de aproximadamente 37, 38 grados, cuando afuera hace unos 11 o 12 grados bajo cero y está empezando a amanecer. Sentís como se te empiezan a aflojar los deditos de los pies, que estaban congelados más o menos desde que habíamos llegado a Islandia. El complejo es enorme, y hay mucho para recorrer. Incluso sin salir de la laguna, se pueden poner una máscara de barro o, aún mejor, tomarse una cerveza bien fría mientras se relajan en aguas termales. También hay sidras, smoothies y jugos, que pueden disfrutar gratis (en caso que su tarifa los incluya) o cargándolos a su pulsera para pagar cuando salen. Los precios no son módicos en lo absoluto, como en gran parte de Islandia, ¿pero quién te quita el placer de tomarte una Gull helada mientras sale el sol sobre Grindavík?

El color del agua es como en las fotos, por la forma en que el sol refleja el sílice que contiene el agua. Todos pensábamos que era Photoshop, pero no. Tiene ese color y ese vapor y es absolutamente maravilloso. Con la entrada básica, además, les corresponde una máscara de barro de sílice, que les va a dejar la piel suave en cuestión de pocos minutos. Y tranquilos, todo el mundo anda con las mismas pintas que tenía yo en la foto, así que vayan tranquilos al stand que vale la pena.
La Laguna Azul cuenta también con un restaurante (que requiere reservación previa) y dos hoteles dentro del complejo. Estos, lógicamente, son un lujo y tienen precios acorde. Si pueden gastar unos 530 euros por noche (en base doble), pueden quedarse a disfrutar del spa hasta tarde y dormir junto a la Laguna en el Silica Hotel. Si querés darte un lujo, podés rentar una suite en The Retreat por la módica suma de 800 euros la noche. Obviamente, nosotros nos quedamos en un hostel en Reykjavik, pero reconocemos que debe ser una experiencia única. Obviamente, los húespedes de los hoteles tienen, entre otras cosas, accesos privilegiados a la Laguna durante toda su estadía e incluso acceso privados.

Estuvimos unas seis horas aproximadamente en el complejo, disfrutando de la Laguna, su café, su bar y sus instalaciones. Salimos a comer algo —venden sandwiches, snacks y algunas cosas, aunque tranquilamente pueden llevar algo desde la ciudad— y luego volvimos a entrar, disfrutando no sólo el amanecer sino también el atardecer en este increíble lugar.
A la salida, también tienen la opción de llevarse algunos productos hechos con elementos naturales provenientes de la Blue Lagoon. Igual, tranquilos, que si se olvidan de comprar hay una tienda especializada en el aeropuerto de Keflavík, en los negocios del Free Shop.
Si van a Islandia, no se olviden de pasar por este maravilloso spa y regalarse un día para descansar, rodeados de un entorno natural único como sólo este país lo tiene. Las fotos, así de hermosas como las ven en todos lados, no le hacen justicia. Hay que ver para creer.
]]>Mi historia con Islandia es muy particular. Mucho tiempo antes de mi viaje, mucho tiempo antes incluso de que fuera un destino dentro del itinerario, ya venía leyendo sobre este lugar. Todo el mundo hablaba con cierta fascinación. Me resultaba raro no leer críticas negativas, más allá de lo pequeña que era la capital o de lo caro que resultaba pasar unos días ahí. Sin embargo, las fotos hablaban por sí solas: tierra de aguas termales, volcanes y geysirs, de noches y días casi interminables, de auroras y nevadas, de calles pequeñas y extensiones sin habitantes, de vikingos y gente cálida. Una isla en el medio de dos continentes, muy al norte; uno de los lugares más seguros del mundo, con el agua más pura y una cultura única. Con el tiempo, empecé a obsesionarme un poco con este lugar. ¿Cómo no iba a tener ganas de conocer?
Llegamos con Icelandair, en un vuelo que debo decir superó mis expectativas. El aeropuerto de Keflavík era un caos, algo que ya veníamos esperando: no sólo era época de fiestas, sino que ya estábamos al tanto de la forma en que está impactando el turismo en Islandia. Como todo destino en auge, la infraestructura del país no está preparada para la cantidad de gente que está viajando. Aún así, con un aeropuerto colapsado y muchos alojamientos llenos, pudimos hacer todo rápido y movernos pronto fuera del aeropuerto, para esperar el bus que iba a llevarnos a nuestro hostel. La empresa Reykjavik Excursions tiene un transfer que va desde el aeropuerto hasta el centro o hasta los hoteles que se están alojando y viajando por Icelandair pueden comprar los tickets directamente en el avión (también pueden comprarlos online, o en el mismo aeropuerto antes de salir). Haganse a la idea que todo en este país es caro. Si van con otra mentalidad, lo más probable es que la pasen mal porque, incluso habiendo estado en Suiza, los precios nos parecieron mucho más elevados que en otros lugares. Pero doy fe que se puede sobrevivir.
Nuestro hostel, el Hlemmur Square, fue elegido por una cuestión de costos principalmente. Era lo más barato que encontramos. Incluso si eso significaba dormir en una habitación con otras ocho personas, era todo lo que nuestro bolsillo podía soportar al final del viaje. Aunque la idea de dormir en cuartos compartidos puede resultar algo molesta para quienes no están acostumbrados, está bien para una estadía corta. La diferencia es mucha con las habitaciones privadas de Reykjavik, y el hostel la verdad que no nos decepcionó: limpio, cómodo, super bien ubicado, con personal muy amable y una buena cocina para ahorrar también por el lado de la comida. Sé que suena reiterativo, pero de verdad es así de caro. He imaginate que, aún así, seguiría volviendo una y mil veces.
Llegamos cuando ya había caído el sol, porque en invierno los días duran apenas unas cuatro o cinco horas. De verdad. El sol sale recién a las 11 y alrededor de las 15:30 ya oscurece. Los amaneceres en Islandia en esta época del año son una de las cosas más hermosas que vi. Los atardeceres, como en la foto, te dejan sin aliento. Me llevé ese recuerdo intacto. A las 11 amanece, pero pareciera que nunca termina. Es una salida del sol que dura horas. Agradezco por los días despejados que nos tocaron, porque es un auténtico espectáculo.
Esa primera noche fuimos en busca de las auroras boreales. No sólo salimos a cazarlas, sino que las encontramos ya en el camino. Y tengo que hacer una pausa al escribir, porque se me llenan un poquito los ojos de lágrimas. Fue un sueño cumplido. Otro de los tantos. Ya contaré un poco más sobre esta experiencia, que creo que es una que todo el mundo debería experimentar por lo menos una vez en la vida. Es magia en estado puro. Aunque tuvimos muchísimo frío, al punto de ya no sentir los dedos de las manos ni para sacar fotos, levantar la cabeza y ver esos colores en el cielo es algo que te queda grabado. No lo podíamos creer.
Otro día lo dedicamos a conocer la famosa Laguna Azul. Había visto tantas fotos. Había dudado tantas veces que el color del agua fuera realmente como lo veía cuando hacía búsquedas en Google. Me daba tanta curiosidad como podía haber un spa natural en el medio de la nada. Me generaba incertidumbre saber que afuera hacía diez grados bajo cero y me iba a meter al agua… Todas las dudas quedaron despejadas cuando llegamos. Obviamente, también merece un post aparte. Es otro de los tantos lugares increíbles que tiene este país, que parece hecho meramente para descubrir sus rincones.
Sigo diciendo que es mágico, únicamente porque es verdad. Me cuesta pensar en este país y no seguir maravillándome con todas las cosas que vi. Puertas abiertas para bajar a comprar al supermercado, confianza en la gente, tranquilidad, calles pequeñas, nieve, blanco, colores, contrastes. Esas noches eternas, con frío y luces tenues, que me quedaron grabadas como una película favorita. Las extensiones de tierra inhabitadas cada vez que nos trasladábamos de un lado al otro, las tengo en la cabeza como si fueran parte de algo irreal. Me preguntaron por el frío, por la distancia, por el idioma, por tantas cosas que creían malas… Volvería a Islandia mañana mismo. Decir que quedé fascinada es quedarse corta.
Ya estaré publicando más posts sobre este lugar, del que sin dudas tengo mucho que decir. También seguiré subiendo fotos en mi Instagram, porque es muy difícil cansarme de los paisajes islandeses y todas las cosas lindas que vimos en este país.
Ojalá tengamos la posibilidad de volver en verano, donde los días son de 20 horas y el clima un poco más amigable. Nos quedó mucho para hacer, nos morimos de ganas de alquilar un auto y recorrer el resto del país, que es pequeño, con rutas impecables y con largos tramos de nada misma, de una inmensidad que parece surrealista. A pesar de los precios, de los que ya estaremos armando un pequeño presupuesto para que puedan tener a mano si se les ocurre conocer, volvería gustosa a gastar en este lugar, que parece lleno de secretos y cosas increíbles para descubrir. Aunque mucho nos quedó por hacer, me llevo recuerdos y experiencias únicas; unos cuantos items de mi bucketlist pudieron ser tachados en este viaje tan especial e inesperado.
Mi historia con Islandia es muy particular. Para mí, es una tierra de sueños cumplidos.
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