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Klobasarna es un local más bien pequeño, con una mesa y lugar para comer en una barra sobre la ventana, además de un par de mesas afuera del local. Está ubicado en una zona muy linda, así que sentarse afuera, incluso a pesar del frío, resultó agradable. Adentro del local, las opciones no son muchas pero sin dudas no decepcionan: salchichas típicas del país (llamadas kranjska klobasa), acompañadas con pan y salsas para chuparse los dedos, e incluso también con sopa. Para acompañar, cerveza Union, cuya fábrica se encuentra a un par de kilómetros del local. Además del buen trato, la comida es riquísima y, sin ser abundante, lo suficientemente pesada como para dejar satisfecho.
La salchicha está unos 5,90 euros y la sopa 3,50 (o 4,90 si la quieren con salchicha). Si sumamos una cerveza de un euro con cincuenta, obtenemos un muy buen menú por menos de ocho euros. Totalmente recomendable para los que disfrutan de probar los platos tradicionales de los países por los que van pasando.
El local abre todos los días de 10 a 22, menos los domingos, que está abierto hasta las 16. Incluso les caímos un primero de enero a la tardecita, y nos atendieron como unos campeones. Parada obligada en Liubliana.
]]>Si hay algo que siempre digo que envidio a los europeos son las distancias entre países; la facilidad con la que, haciendo pocos kilómetros, pueden saltar de una cultura a la otra, apareciendo en un lugar totalmente diferente al que se encontraban horas antes.
Nuestro caso, estando en Venecia un primero de enero, fue más bien una cuestión de querer aprovechar la cercanía que tiene la ciudad italiana con otros países tan distintos. Fue así como sacamos los pasajes de Flixbus (empresa que merecerá una nota aparte) y terminamos por un camino hacia el este hasta la capital de Eslovenia, Liubliana. Un viaje casi casual, diría, y solo con las expectativas de conocer otro lugar en nuestro recorrido por el viejo continente.
Llegamos casi sobre el mediodía, después de un camino de ruta de unas tres horas desde la estación Santa Lucía, pasando por la bella Trieste antes de cruzar la frontera entre Italia y Eslovenia. Llegamos a la estación y orientarnos no fue demasiado difícil: Liubliana es una ciudad que, si bien tiene bastante para ver, tiene un centro concentrado que permite estar en muchos lugares en poco tiempo. De cualquier forma, fuimos hasta la oficina de turismo para conseguir un mapa de la ciudad y ubicarnos un poco mejor antes de arrancar el day-tour. Aunque el idioma es incomprensible, con inglés básico es muy fácil manejarse y hacerse entender.
Nuestra primera parada, ya pasado el mediodía, fue Klobasarna. Había leído muy buenas críticas sobre este pequeño restaurante de comida típica eslovena. Y no decepcionó. Nuestro almuerzo, una especie de chorizo con salsas y un pan muy rico, acompañado de una Unión -una de las marcas de cerveza más conocidas del país-, fue uno de los más interesantes que tuvimos en Europa. El local es súper chico y no hay gran variedad, pero lo poco que tienen es exquisito y a buen precio para un almuerzo gasolero (no gastamos más de ocho euros por persona). Aprovechamos la wi-fi pública para mandar un par de mensajes de “estamos en un país donde no entendemos ni jota pero es hermoso y estamos bien” y seguimos por una calle con nombre impronunciable disfrutando de la belleza de Liubliana.
Aunque hay buses turísticos que te llevan a los distintos puntos de interés, decidimos hacer el camino por nuestra cuenta y subir la colina que lleva al Castillo de Liubliana (Ljubljanski grad en su idioma original). Y aunque hacía frío y faltaba un poco el aire, las vistas valen la pena. Es una ciudad increíblemente pintoresca desde donde se la mire, por lo que la vista desde arriba no decepcionó. Por cuestiones de tiempo no ingresamos al castillo, pero la entrada al mismo está 10 euros (7 para estudiantes y niños), e incluye el pasaje de regreso para descender en funicular. Teniendo en cuenta los precios de las atracciones europeas, en un buen precio para conocer uno de los íconos de la ciudad. Si no tienen ganas de subir, verlo desde abajo es otro gran espectáculo: las luces que lo iluminan por la noche componen la fotografía perfecta de la ciudad.
Tuvimos la suerte de movernos en épocas de fiestas, y la ciudad tiene todo el espíritu navideño que veníamos necesitando. Cuando nos sentamos a tomar un café para entrar en calor, pudimos disfrutar del paseo de compras navideño, de las luces y los colores que decoran cada rincón de la ciudad eslovena. Una imagen para el recuerdo es la Iglesia Franciscana de la Anunciación, uno de los edificios más lindos de la ciudad, lleno y rodeado de luces y detalles que parecen sacados de una película.
En un día se puede conocer lo elemental y recorrer el pequeño centro de la ciudad, pero definitivamente nos hubiésemos quedado más tiempo. Saliendo un poco del centro también se pueden ver paisajes increíbles, calles interesantes y rincones que hubiésemos querido explorar con más detalle.
Una pequeña ciudad, casi perdida entre las grandes capitales de Europa. La mejor sorpresa.
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