recaptcha-in-wp-comments-form domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home2/hyjcdvmy/public_html/wp-includes/functions.php on line 6131updraftplus domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home2/hyjcdvmy/public_html/wp-includes/functions.php on line 6131Hay destinos qué, quizás, no están en mi lista de pendientes. Nunca es por decir la verdad ahí no iría, sino que suele tener que ver con desconocimiento, o con prioridades (y, algunas veces, también con lo económico). El caribe, sin dudas, no era un ítem en la lista que tuviera mucha relevancia. Por lo general, cuando viajamos solemos escapar hacia el frío y no a la inversa (#TeamInvierno los dos, a morir), como fue el caso de este viaje. ¿Por qué? Teníamos un poco de ganas de descansar —aunque por lo general eso queda sólo en una expresión de deseo; no podemos evitar salir a recorrer— y, después de unos días en Miami, el próximo destino apareció en las islas del caribe.
Habíamos visto una foto de Curaçao hacía mucho tiempo. La típica foto de las casitas de colores, que mucha gente conoce pero no sabe quizás ni de dónde es. No nos sorprendía que todo el mundo nos preguntara, a la vuelta del viaje, dónde quedaba Curaçao, qué lenguaje hablaban, qué había para hacer, por qué lo habíamos elegido… El desconocimiento en algún momento también fue nuestro. Incluso antes de viajar, sabíamos que no era un destino tan turístico como lo son otras islas de la zona. Teníamos muchísima curiosidad.
Decidimos alojarnos en Otrobanda, en la zona de Willemstad, ya que fue lo más céntrico que encontramos y con precios muy buenos —sobre todo comparándolos con Miami Beach. Siempre tendemos a hacer eso con los lugares que no conocemos, o con los que no tenemos referencias: vamos a lo seguro, a la zona del centro, donde vemos muchos hoteles y locales. La elección sin dudas fue acertada.
Hay algo que tengo que decir desde el principio, que incluso ya habíamos leído antes de viajar: Curaçao está poco preparada para el turismo en general. No esperen ver hoteles por todos lados, grandes complejos (salvo algunas excepciones cerca de las playas), no esperen locales que cierran a altas horas de la noche, ni esperen ver cosas turísticas por todos lados. La frecuencia de transporte es pobre —de ahí que recomendamos desde el principio alquilar un auto— y las rutas, por momentos, parecen llevar a la nada misma. Los negocios que vimos por Willemstad son más bien de todos los días (con unas pocas regalerías y locales de recuerdos) y lo más probable es que si entran a alguna cadena de comidas, haya más locales que turistas. Y es eso lo que lo hace, en cierto modo, distinto, y encantador a su manera.
Curaçao fue agarrar el auto por primera vez en el extranjero, nuestro primer roadtrip oficial, y dejarnos llevar por rutas largas y rodeadas de naturaleza. Con Google Maps, llegamos a la otra punta de la isla en menos de una hora, después de perdernos algunas veces con mapas que no son del todo exactos y muchas rotondas. No podíamos hacer más que reírnos, pensando en cómo habíamos terminado en aquél destino que fue encantándonos de a poco. Porque cuando vas hasta el norte en Westpunt y te encontrás con esas playas de agua cristalina y casi desiertas, no podés evitar pensar que fue una gran decisión elegir esta isla para quedarse unos días. No vimos masas de turistas, no vimos locales explotados de gente, no vimos imanes comerciales para los extranjeros. Salimos a caminar sintiéndonos locales, con gente mirándonos un poco curiosa, mientras nos encontrábamos con restaurantes al lado de la playa, bares desiertos y calles con uno o dos locales haciendo su vida diaria. Lo pienso y sonrio, porque realmente fue un viaje distinto a cualquier otro que tuvimos. Curaçao no nos esperaba, y nosotros no sabíamos qué esperar de Curaçao. Fue la combinación perfecta.
Más allá del tour de playas, también el centro cuenta con algunos edificios y lugares que pueden elegir o no recorrer. Además de cruzar el Puente Reina Emma y de verlo con sus luces, esplendoroso, por la noche, hay algunas cosas que teníamos anotadas para conocer en Willemstad. El Fuerte Ámsterdam, algunos museos locales, incluso el mercado flotante donde la gente que vive en la isla compra pescado, frutas y verduras. Sus callecitas, sus carteles, sus bares, es todo una obra que lejos está de ser construida para el turista, pero que igualmente encanta.
Por la zona de Mambo Beach, una de las playas más turísticas y donde probablemente vean más cosas típicas de un destino de playa preparado para visitantes, también pasamos por el acuario y la famosa Dolphin Academy. Hay cosas para hacer y realmente disfrutamos recorrer el pequeño centro histórico, con sus colores, su gente, su cotidianidad… Eramos dos viajeros curiosos caminando por lugares nuevos, pero sintiendo la extraña familiaridad de un lugar que parece no recibirte como turista, sino como un habitantes más.
Recorrer las rutas no es una tarea difícil, incluso si no tienen mucha cancha. No hay mucho tráfico y la gente no suele manejar muy rápido. Pero también hay tramos donde están en la nada misma y uno siente que no va a salir a ningún lado. Hay que ser precavido. El auto lo retiramos y lo dejamos en el aeropuerto, al que también recomiendo ir con tiempo. Todo funciona como un pueblo, algo que es agradable pero a lo que no estamos acostumbrados. Las chicas en el mostrador les van a dar charla, la gente no está apurada, el edificio es pequeño y no opera muchos vuelos. Como dije, es distinto, y a veces lo distinto cae bien cuando uno empieza a agarrarle la vuelta.
Hablando de la gente del aeropuerto, tengo que hablar de los locales en general. En todos los lugares nos trataron de maravilla. Desde la recepción del hotel hasta el bartender de la playa, simpre fuimos recibidos con una sonrisa. Todos hablan español o lo intentan; fue muy poca la gente con la que tuvimos que comunicarnos exclusivamente en inglés. En algunos locales fuera del centro, nos encontramos con que la carta no estaba en inglés y los mozos hablaban poco y no sabían explicarnos mucho, pero fue la excepción a la regla. Por lo general van a encontrar menúes y carteles en inglés, gente muy dispuesta a hacerse entender en español y una vibra en general muy relajada. La verdad, el trato de la gente fue de lo mejor y nos llevamos un muy buen recuerdo.
Pero más allá de todas mis palabras y halagos a esta isla, quiero volver a uno de los posts que habíamos leído antes de viajar, que nos pareció casi fatídico. Este es el link. Y ahí es cuando pienso que lindo es viajar y ver las cosas con tus propios ojos. No dejen nunca que alguien les diga no, ¿ahí vas a ir? Mejor andá a xxxxx. Viajar siempre me hace recordar que todos somos distintos. Que algunos volvemos fascinados con lugares que a otras personas no les movieron un pelo. Que hay gente que ama lugares que a nosotros no nos parecen gran cosa. Que fantaseamos sobre lugares que otras personas jamás pensarían en visitar. Viajen. Vean. Conozcan antes de emitir juicios o dejar que otras personas los hagan por ustedes.
Más allá que el post que compartí es un poco fatalista en cierto sentido y que hay (muchas) cosas que no comparto, tengo que darle la derecha en ciertos aspectos. Llegan a una isla que tiene pocas cosas, sí. Obviamente, si lo vamos a comparar con Miami es posible que se sientan en el medio de la nada. A nosotros la sensación nos encantó, fue una experiencia muy especial, pero a algunas personas les puede molestar o parecer aburrido.
También, si pueden pagar con florines, siempre el cambio va a ser más beneficioso. Y si ven que algo les parece excesivamente caro, no lo compren. Es real que puede haber una mala intención de poner el valor sin el tipo de moneda. Obviamente, si les quieren cobrar 10 dólares algo que debería salir 10 florines, deberían darse cuenta (la moneda de ellos, con la notación NAf, tiene un valor de 0,55 dólares, por lo que les estarían cobrando casi el doble). La realidad es que Curaçao no tiene unos precios desorbitados, por lo que cualquier cosa que les parezca excesivamente cara, es probable que tenga un valor alterado. Nosotros estamos muy acostumbrados a la viveza de algunos comerciantes, por lo que ya lo tenemos casi incorporado.
Con respecto a las playas, nosotros encontramos algunas bellísimas y sin piedras, aunque hay de todo. También hay algunas totalmente desiertas, donde la gente se llevaba sus cosas para pasar el día, y otras que te proveen sillas, comida, bebidas y demás (siempre con un costo, claro). Es cuestión de saber elegir. Es real que están lejos del centro, por lo que el auto nos pareció necesario y en todo momento nos sentimos muy cómodos moviéndonos por la isla. Teníamos en claro a dónde íbamos, por lo que no esperábamos estar ocupados todo el tiempo como en otros destinos. Willemstad es pequeño, la isla es increíblemente tranquila, todo es mucho más rústico que lo que muestran las fotos; si no van con eso en mente, es probable que se decepcionen.
Como les digo, pueden leer muchísimo sobre un destino, pero no hay nada más lindo que ir y comprobar por uno mismo si todo lo que dicen era cierto.
Sin dudas, este fue uno de los destinos más peculiares a los que fuimos. Curaçao es especial. Si están buscando playas con mucha gente, mucha fiesta, muchos lugares para comer o tomar algo, quizás deban replantearse si este destino es para ustedes. Ahora, si quieren disfrutar de playas paradisíacas, con poca gente, con la capacidad de meterse de lleno en la vida de una de las Antillas holandesas, quizás deberían poner a Curaçao en su lista de pendientes por visitar.
Ya estaré publicando una guía con las playas que visitamos y cómo llegar, además de algunos precios que vimos en la isla y recomendaciones sobre presupuesto, dónde alojarse y demás. Mientras, más info y fotitos en mi Instagram.
]]>La primera vez que fui a Estados Unidos, visité Orlando y Nueva York. Mi primera impresión de los estadounidenses no sé si había sido la mejor: los sentía fríos, hasta un poco desagradables en algunos momentos, desde migraciones me habían bombardeado a preguntas y no me había agradado mucho. La realidad es que no tenía pensado volver a Estados Unidos en ningún futuro cercano, no necesariamente por eso, sino porque me había enamorado de Europa y nunca se dio volver. De hecho, pasaron siete años hasta que regresé. Lo bueno de las primeras impresiones es que siempre pueden cambiar. Y creo que Miami fue la elección acertada para volver a este país. ¿Por qué? Personalmente creo que Miami es una combinación muy especial entre Estados Unidos y Latinoamérica, casi un punto medio en el que conviven dos culturas de una forma particular.
Partamos de la base que, para quien no habla inglés, todo es fácil. Es un poco sorprendente cuando nos damos cuenta que prácticamente todo —ya sean anuncios, programas, carteles o avisos— está tanto en inglés como en español. Hay publicidades exclusivamente dirigidas al público latino. En el transporte público, van a ver cosas escritas en ambos idiomas. En el aeropuerto, todo está traducido. Cuando te cruzás con alguien, no importa si tiene pinta de ser más yankee que McDonalds, seguro va a hablar español (aunque sea lo básico). Que no te sorprenda que un tipo que habla perfecto inglés también tenga un increíble dominio del español. Miami es así y en eso hay algo encantador. Arrancar una conversación con un tímido Hello, que se den cuenta que sos latino y que empiecen a charlarte sobre todo porque somo así. Que cuando quieran venderte algo prueben con tu nacionalidad porque hay altas chances que seas latino. Que se escuche música en español por todos lados. Que en la televisión puedas ver repeticiones de partidos o programas locales porque no es una novedad que hay un gran número de argentinos por allá.
Pero también tenés esas cosas que tienen los norteamericanos que siempre caen bien, que para mí fueron siempre el encanto de este país. Todo es familiar. Las cadenas, las marcas, los programas, las costumbres. En una tierra que supo exportar todo y que consumimos casi sin darnos cuenta, resulta abrumador y encantador estar rodeado de todas las cosas que conocemos tan bien, aunque no sean nuestras. Un producto, una comida, un detalle; es ley que en Estados Unidos siempre vas a encontrar algo que te suena, que te gusta, que conocés, que querías probar, aunque no te hayas dado cuenta antes. Esta ciudad de Florida no es, ni por asomo, la excepción a la regla.
Miami, en mi opinión, tiene lo mejor de dos mundos. No deja de ser una ciudad estadounidense, con todos sus detalles, sus sellos típicos, sus marcas y costumbres, pero tiene esa calidez tan típica de las ciudades latinas, que, ¿para qué negarlo?, enamora a más de uno.
Decidimos alojarnos en Miami Beach, porque todo el mundo nos había recomendado eso. La verdad, tenían razón. Es una zona única para ser turista, con una vida y vibras muy especiales. La gente pasea en autos descapotables, corre por la costanera, se tira en la playa o sale de compras. Es un rincón distinto de Miami, que contrasta mucho con la ciudad. Locales, restaurante, vida nocturna, paseos acuáticos, cruceros, actividades… todo lo van a encontrar en esta pequeña porción de la ciudad, que tiene una belleza muy especial.
Obviamente, como a nosotros también nos gusta el lado B de las cosas, salimos a recorrer la otra parte de Miami. El downtown, Wynwood, Brickell, Little Havana… Todo juega con contrastes, con extremos, con diferencias y cosas que resultan familiares. Aunque ya estaré detallando nuestro itinerario para cinco días, creo que es una ciudad que tiene de todo un poco para hacer. Si bien la playa es su fuerte, hay más cosas para disfrutar de Miami. Hay contrastes por todos lados y es interesante observarlos. Hay partes que derrochan dinero, lujo y excesos; otras más humildes, donde vemos a la gente común, a los trabajadores, a las comunidades que se reúnen en barrios típicos. El juego de los detalles, de las diferencias, me pareció totalmente atractivo. Son puntos de vista. Pueden quedarse en Miami Beach que seguro lo van a disfrutar, pero vale la pena darse una vuelta por la ciudad, por la parte más real de Miami. El arte en Wynwood, con sus murales y su onda alternativa, la música y las comidas del barrio cubano, la zona cosmopolita de Brickell, lo moderno de Coconut Grove… Para el viajero siempre son bienvenidas y saben encantar a su manera.
Con respecto a las compras, es sabido que mucha gente visita la ciudad para comprar. Bien al estilo de los yankees, se puede perder días enteros recorriendo malls y tiendas. No soy fan de perder tiempo en hacer shopping cuando afuera hay una ciudad por recorrer que no conozco, pero hemos dedicado algunas horas a conocer malls y calles de compras famosas. Más allá de las tiendas, Lincoln Road es un lugar precioso para caminar, conocer y comer algo. Pero demás está decir que si les gusta patinarse unos cuántos dólares en ropa, tecnología y, bueno, boludeces, están en el lugar indicado. Vimos precios excelentes en un montón de cosas, de esos que ni por asomo se consiguen por estos lados. Los famosos Department Stores son una visita obligada si buscan ofertas, pero tienen que estar dispuestos a dedicarles tiempo: mucha gente, muchas cosas, mucha mezcla es equivalente a mucha paciencia.
Con cinco días estuvimos muy bien para conocer lo más importante y todas aquellas cosas que teníamos ganas de ver, aunque pueden quedarse más tiempo y no aburrirse; de hecho, nos han quedado algunos pendientes en el itinerario. Además, Miami está en un lugar estratégico: tanto si buscan conocer el caribe, Key West, los parques de Orlando o Tampa, están cerca de todo. Además de la frecuencia y oferta de vuelos que tienen, que los puede llevar a cualquier otro lado en pocas horas. Hacer base en esta ciudad no es una mala idea.
Entendí por qué mucha gente me había hablado tan bien de Miami. Y otra vez reconfirmo que, hasta que uno no lo ve con sus propios ojos, no puede entender el encanto que tiene cada lugar. Siempre me gusta buscar el encanto de los lugares que visito. De esta ciudad, personalmente, me llevo esa sensación de sentirme un poco como en casa y estar rodeada de la calidez latina, pero disfrutando de todas esas cosas caprichosas e innecesarias que me pueden cuando voy a Estados Unidos.
En unos días subo la guía para recorrer la ciudad sin auto, sugerencias para comer, qué visitar, algunos tips sobre el alojamiento y qué tener en cuenta si están planificando un viaje a la ciudad del comandante.
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La última vez que había estado en la ciudad carioca, había sido desde la panza de mi mamá. Andá a saber si fue eso, o las historias de la familia sobre una de las ciudades más lindas del mundo, pero siempre había querido conocer Río de Janeiro. Gracias a una de esas cosas del destino, terminé ganando por Al Mundo y Gol unos pasajes a Brasil (ya contaremos un poco más sobre el vuelo), a cualquier destino, y sabía desde un principio cuál iba a ser el elegido.
Me había pasado con otras ciudades, que a primera vista parece que las conocés. Cuando el micro que nos llevó desde el aeropuerto hasta nuestro hotel dobló en la esquina del Hilton y empezó a avanzar por Avenida Atlántica, por la emblemática costa brasileña, con esa pasarela tan icónica con sus dibujos y sus puestitos, sentía que había estado ahí en algún momento y, a su vez, que cualquier imagen que había visto antes no le hacía justicia a una de las avenidas costeras más lindas que vi. Es una sensación casi normal, cada vez que viajo, de sorprenderme con cosas que creía ya conocer. La belleza de las playas de Copacabana, con sus detalles y su gente, me enamoró.
Pero no es solo la playa. Hay algo de los habitantes y el clima de Brasil que fascina un poco, y que se masifica en ciudades como Río. Y no me refiero únicamente a los 29 grados en pleno inicio del invierno, sino algo más. Es la actitud. Es la voluntad y esa sensación de despreocupación que parece flotar en el aire. Es la onda, quizás la caipirinha o tener playas bellísimas para disfrutar todos los días en el medio de una ciudad cosmopolita, pero hay una vibra de relax que parece llenar las calles que van de Leme hasta Leblon y que se vuelcan sobre sus playas, repletas de gente incluso en días laborables.
Igualmente no nos quedamos solo con el sol y el mar. También, además de la belleza de Río de Janeiro, habíamos escuchado hablar de problemas que son moneda corriente de la ciudad donde vivimos. La inseguridad, los robos y todos esos fantasmas que acechan cuando uno viaja a una ciudad tan grande, tan poblada y de la que ya ha escuchado historias de gente conocida. Me cuesta mucho, sin embargo, quedarme con las palabras y opiniones de otros. Me cuesta no salir por mi cuenta y explorar un lugar, sea en la parte del mundo que sea. Siempre tomando los recaudos necesarios, salimos a recorrer el centro carioca. Intentando siempre mantenernos por avenidas y cuidando cosas de valor, teniéndole el respeto que uno puede tenerle a una ciudad tan grande y desconocida, recorrimos el centro que sorprende con los contrastes que muestra ante las escenas de costa y playa, gente corriendo y disfrutando del sol, y la ciudad, la gente trabajadora y que vive en el centro, las diferencias entre las construcciones y las vibras de un lugar maravilloso que parece tener dos caras. Desde el camino al aeropuerto, se pueden ver las casas de ladrillo frente al hotel Ibis. En la ruta que va de Ipanema a Barra de Tijuca se pueden observar las casas que se irguen en la Rocinha, una de las favelas más grandes de latinoamérica, ubicada entre dos de las zonas más caras de Río.
Hay tantos atractivos turísticos, que no alcanza una nota para ponerlos todos. Creo que de a poco vamos a ir contando y armando una guía para los que vayan a conocer o decidan volver a esta ciudad, que definitivamente pide volver más de una vez, aunque sea para volver a pasear por la Avenida Atlántica comiendo un churro relleno o un choclo.
Es una ciudad con tantas caras que uno se maravilla de ir caminándola (porque hay que caminarla). Todos esos edificios descuidados que contrastan con las obras que fueron realizadas en los últimos años para el Mundial y los Juegos Olímpicos. Las pequeñas casas que parecen volcarse sobre los morros y los grandes edificios que se encuentran cerrados como pequeños barrios privados en las zonas más top de la ciudad. Las playas y los vendedores, los turistas y los locales, los paseos populares y las novedades, las cervezas y los cocos… Hay tanto para ver, que sentí que una semana se pasó volando. Es una ciudad en la que uno, a pesar de los cuidados y las advertencias, se siente a gusto. Yo no sé qué será, pero la calidez carioca es contagiosa y resulta fácil sumarse a esa facilidad que parece, en esencia, invitar a ser parte de esa alegría despreocupada que se esparce por las playas de la ciudad. Pero también resulta interesante ver la otra cara, esa parte de Río que poco se ve en las guías turísticas pero que, sin embargo, era la esencia de la ciudad desde que la visitaron mis viejos y, hoy en día, se encuentra más viva que nunca.
Es una ciudad que hay que conocer. En estos días voy a estar contando un poco más sobre la experiencia en esta gran ciudad, los recorridos y lugares para conocer y las cosas que más disfrutamos en este lugar, al que es imposible no querer regresar a nada de haber vuelto.
Te dejamos una Guía para conocer Río de Janeiro viajando en Metro.
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