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Conocía Roma y sabía cuál era mi lugar favorito y dónde quería quedarme la segunda vez que fui. Obviamente, hay zonas más caras que otras y quedarse siempre cerca de las atracciones principales implica gastar un poco más. Pero en este caso, creo que valía la pena. Salir a cualquier hora y estar a unos pasos de la increíble Fontana Di Trevi fue, sin dudas, una de las mejores cosas que tuvo nuestra estadía en Roma.
Cuando dimos con 59 Steps Trevi en Booking, ni lo dudamos. Obviamente, ir en temporada baja tiene sus ventajas. Pagamos algo de 67 euros la noche, por una habitación doble con desayuno incluido. Y se pone mejor.
Llegamos desde Termini, tomándonos el metro hasta Barberini y caminando las pocas cuadras que nos separaban de Via dei Crociferi. Nos recibió el chico que trabajaba en el restaurante pegado al edificio, que dicho sea de paso es donde se toma el desayuno todas las mañanas. El edificio en sí no da la impresión de ser un gran hotel, ya que es más bien un edificio histórico con departamentos; tampoco el hecho de que no tenga ascensor y haya que subir unos… 59 escalones. Sí. Sin embargo, la habitación, que es en sí pequeña, cuenta con todas las comodidades. Además, en un piso que se comparte con otras pocas habitaciones, hay una pequeña cocina con heladeras, cafetera y microondas. El hecho de que te dejen aguas, cápsulas de café y algunas cosas para comer de cortesía también suma muchos puntos.
Si el lugar no nos había encantado ya por su ubicación y tranquilidad, la atención del personal fue sin dudas otra de las cosas a destacar. Elisabetta y todo el staff nos hicieron sentir como en casa. El primer día, nos dieron un mapa y nos mostraron todos los puntos de interés que estaban cerca del hotel (incluso la heladería Giolitti, algo que hoy en día todavía les estamos agradeciendo). Durante el desayuno, siempre nos preguntaron nuestros planes y si había algo en lo que podían ayudarnos. Además del buen desayuno que ya de por sí ofrecen, el personal siempre nos trató de la mejor manera y nos ofrecieron prepararnos omelettes y cosas que no estaban en la mesa. Durante nuestra última noche, nos invitaron a tomar algo caliente. El día que nos íbamos, que salíamos muy temprano, nos dejaron algunas cosas para desayunar en la cocina, para que no nos fuéramos sin comer nada.
Sin dudas, además del trato, la ubicación nos resultó comodísima para movernos por la ciudad: está cerca, ya sea caminando o en transporte público, de los lugares más interesantes de Roma. Por la noche, además, la zona está llena de restaurantes y lugares para comprar comida, por lo que resulta agradable el movimiento y los locales abiertos hasta tarde (incluso en invierno). Demás está decir que la Fontana Di Trevi a sólo unos pasos hace que la zona tenga vida propia, algo que se aprecia bastante, sobre todo cuando es temporada baja. Además, disponer de las llaves del edificio resulta muy cómodo para moverse de noche y aprovechar para salir y tomar algo.
Definitivamente, nuestra estadía en Roma fue maravillosa, y volveríamos a este pequeño rincón escondido en una de las zonas más encantadoras de la increíble capital italiana.
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Los gatos son los mejores animales del mundo. Para mí. Ahora, si estás de acuerdo y vas a Roma, tenés que pasar por Romeow Cat Bistrot. Mi experiencia con cafés de gatitos se había frustrado más de una vez: por cosas de los viajes compartidos, no había podido ir en Londres, no había podido ir en Madrid y Buenos Aires está muy lejos de tener un lugar así. Así que cuando pasé por Roma, supe que no había Coliseo ni Foro Romano que me impidiera dedicarle una tarde a este lugar.
El café está en un barrio más bien alejado, en una zona que no resulta tan turística como otras, incluso cuando a unas pocas cuadras está la Piramide Di Caio Cestio y la estación Ostiense. Tiene más pinta de barrio y es bastante más tranquilo que otras zonas de Roma. Con el subte (la linea B), llegan hasta la estación Piramide y de ahí son unas pocas cuadras hasta el café.
Romeow está en una esquina y las vitrinas permiten ver a los gatitos desde afuera. Por los techos, durmiendo en las sillas o en sus camas. Están por todos lados. Y hay que tenerlo en cuenta cuando entrás: el café es de ellos, y se hace lo que ellos quieren. Son gatos, después de todo. Funciona así.
El lugar tiene cocina vegana, con un menú muy variado, tanto dulce como salado. Nosotros fuimos por la tarde, a la hora de la merienda, y pudimos pedir un capuccino hecho con leche de avellanas y una porción de su cheesecake vegano que es para chuparse los dedos. Los precios son un poco elevados en relación a otros lugares (el capuccino 3,50 euros, tampoco es una locura) pero el lugar es hermoso y la comida muy buena. Además, ¡hey! ¡hay gatitos!
Los felinos van de acá para allá con total libertad. Está aclarado en un pequeño cartel que tienen todas las mesas: no hay que molestarlos o levantarlos. Los gatitos hacen su vida y, si ellos deciden acercarse, aceptan los mimos sin chistar. El café está especialmente diseñado para que los gatos estén tranquilos, todos son hermosos y están muy bien cuidados. Mientras nosotros comíamos, los vinieron a alimentar y todos parecen estar muy bien educados para saber que esa es su comida. Juegan entre ellos, se trepan por las estanterías ubicadas estratégicamente en las paredes, y montan un pequeño espectáculo sin siquiera saberlo.
Es un lugar del que no quería irme ya que, además de los gatitos, la decoración, la comida y la tranquilidad se disfrutan muchísimo. Si están por Roma y quieren hacer algo distinto, este es un gran café para comer algo, con una compañía muy especial.
El local, extrañamente, está cerrado lunes y martes. De miércoles a domingo, está abierto desde las 11 hasta las 23:30hs.
]]>Giolitti tiene la pinta de los bares típicos antiguos que podemos ver por barrios tradicionales de Buenos Aires: todo con decoración más bien excesiva, mucha madera y mármol, luces cálidas y la posibilidad de sentarse a tomar el helado (con un costo adicional) o el té en un ambiente que parece sacado del 1900.
El local, incluso en pleno invierno, estaba repleto de gente. La mayoría de las mesas se encontraban vacías, pero la vitrina llena de helados estaba rodeada de gente, esperando para poder elegir entre la infinidad de gustos y variedades que tienen.
El cucurucho nos salió 3,50 euros, un valor que nos pareció normal para lo que era: tres gustos y la opción de ponerle panna (crema) por arriba. Una locura. Lo peor es que ni siquiera teniendo tres gustos es fácil decidirse. Hay una variedad increíble e interesante de sabores y todos los que probamos (fuimos más de una vez, obviamente) estaban buenísimos. Destaco el nutella, que literalmente es nutella puro pero es una delicia, y la gianduia di torino, un clásico italiano.
La heladería está en Via Uffici del Vicario, 40, en el centro de Roma y cerca de muchos puntos de interés. Realmente vale la pena hacer una parada en el recorrido turísitico para probar, en mi opinión, uno de los mejores helados de Italia.
La página de la heladería la pueden visitar acá.
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