Soy muy fanática del fútbol desde que era muy chiquita. Después de ir un par de veces a Europa, me había quedado con las ganas (entre algunas otras cosas) de poder asistir a un partido de fútbol en alguno de esos increíbles estadios de grandes equipos. Había hecho el tour por el del Real Madrid, por el del Arsenal, pero nunca había tenido la suerte de poder asistir a uno de esos espectáculos tan maravillosos que sólo había visto por la tele. Por eso, cuando supe que iba a estar en Milán justo para un partido de calcio italiano, no quise dejar pasar la oportunidad.
Por lo general, las entradas se pueden comprar por internet. Nosotros las sacamos con casi un mes de anticipación por la web, y nos salieron algo de 25 euros (el tour del estadio, en días que no hay partido, está 18, por lo que parecía negocio). Sin embargo, en los mismos hoteles, los empleados de la recepción suelen dar una mano con la compra de los mismos. A nosotros nos hicieron el favor de imprimir las que ya habíamos comprado desde casa, pero cuando salíamos vimos a otro grupo intentando comprar. Obviamente, la disponibilidad de tickets siempre depende de la importancia del partido y la ciudad.
Milan-Napoli. El norte contra el sur en el icónico Giussepe Meazza. Los estadios europeos, por lo general, tienen muy buen acceso con el transporte público. En el caso de todos los que visité, llegué hasta ahí en metro y sin ningún problema. Al Meazza llegamos de este modo y, si bien viajamos bastante apretados entre napolitanos e hinchas del rossonero, la frecuencia del subte es impecable y el orden no se perdió en ningún momento.
La seguridad en Europa es palabra mayor. Más allá de los controles, la gente tiene otra idea de lo que es ir a la cancha. Si bien existen siempre los inadaptados, el ambiente es diferente y mucho más organizado de lo que he visto en países latinoamericanos. Obviamente, cuando sacamos entradas en la popular no lo sabíamos (estábamos en la misma zona que la barra), pero en esa zona no se respetan mucho los números de los asientos y terminamos sentados por cualquier lado. Estando en una parte que, creímos, podía llegar a ser heavy, conseguimos sentarnos y tener una buena vista del partido. Muy tranquilo todo, y con hinchas del Napoli al lado. Incluso cuando los del sur iban ganando 2 a 1, nunca pasó de algún insulto casual o esas cosas que sabemos pasan durante los partidos de fútbol.

Fuera del estadio, antes de ingresar, hay una suerte de puestitos en la calle donde los hinchas disfrutan de comer algo, tomarse una cerveza y cantar un poco. Es un ambiente que, lejos de ser hostil o intimidante, es muy agradable. Se mezclan los colores, se mezcla la gente y realmente se trata como lo que es: un espectáculo. El ambiente es agradable. Nosotros compramos algo para comer con una cerveza (los precios no difieren de cualquier otro lugar) y después ingresamos sin contratiempos.
El clima siempre es una fiesta, como en cualquier estadio del mundo. Aunque las hinchadas argentinas generan un clima único (lamentablemente opacado por cuestiones que exceden a los hinchas que simplemente disfrutamos del fútbol), el tamaño de los estadios de Europa genera una sensación muy especial a la hora de ver un espectáculo. La gente vitoreando cuando nombran a cada uno de los jugadores, las puteadas tanas (con las que muchos estamos familiarizados) cuando pierden la pelota, los festejos… Es un clima conocido, pero a su vez parece todo nuevo. Y ni les cuento la sensación de tranquilidad de poder disfrutar un partido siendo hincha imparcial, sin sufrir ni un poco por el resultado final.
La salida es ordenada, aunque la cantidad de gente enseguida hace que las calles se alboroten un poco y el transporte público no parece una opción tan tentadora para el regreso. En el estadio del Milan, particularmente, nos encontramos con un sistema que nunca habíamos visto: la estación de metro San Siro se encuentra cerrada con puertas tipo molinetes, como los que se utilizan para acceder al estadio. Los mismos se habilitan únicamente cuando el metro está llegando y permiten el ingreso a un determinado número de gente, que va contando en pantallas a la vista de toda la multitud. En un clima divertido, los hinchas le gritan ‘ole’ a los que están por pasar y el tiempo realmente se pasa rápido mientras uno espera para volver en un subte que, lejos de estar colapsado, nos permite viajar decentemente y poder regresar a nuestro hotel.
Realmente es una experiencia que recomiendo para cualquier fanático del fútbol: aunque el corazón se encuentre con los colores en Argentina, el fútbol europeo y sus costumbres son demasiado lindas como para perderse del espectáculo.


